domingo, 26 de marzo de 2017

N.A.T.X.O.

En honor a la verdad hay que decir que el padre de José no fue del todo culpable. El hombre estaba nervioso y un poco desubicado, así que cuando aquella funcionaria se puso tan antipática y con cara de pocos amigos, el pobre se apuró y dijo lo primero que se le vino a la mente: El nombre del niño es José. 
Desde luego, es un problema ir por la vida con un nombre que no te identifica. José se sentía mal, inacabado, poco definido en sí mismo. Cuando la gente le nombraba por la calle, él no volteaba la cabeza, porque aquel no era su verdadero nombre. Y como decimos, ir por la vida con un nombre que no te identifica es como ir de compras sin dinero, no sirve de nada. Así que José tomó la decisión de salir al mundo a buscar su nombre real, el que le pertenecía y le definía. Estaba seguro que en algún lado debía encontrarlo.
Viajó por todo el mundo, desde Londres a Nueva York, pasando por el Congo. Al principio, no sabía muy bien lo que buscaba, pero poco a poco fue encontrando las pistas de lo que sería su nueva denominación. La primera pista la encontró en Núremberg, una bonita ciudad alemana rodeada por una muralla medieval y con un increíble mercado navideño. Ese mismo aire medieval le enseñó a José que él tenía un carácter Noble, era amable, generoso y se preocupaba mucho por la gente de su entorno. Por fin había encontrado su primera letra.
Su segunda letra la encontró en Argentina, un país lleno de vida, de arte, un país en el que todo se hace con pasión. Y eso fue lo que allí encontró, puesto que José era maravillosamente Apasionado, ponía siempre  amor en lo que hacía y fuego en la forma de hacerlo.
Fue en Tokio donde encontró su tercera letra, porque aquella era una ciudad bulliciosa, donde convivían en armonía la ciencia y la belleza, de tal forma que todo lo que había en Tokio parecía una obra de  arte en sí mismo. José halló en aquel sitio que él era Talentoso, no sólo porque era un músico destacado, sino porque ponía arte a todo lo que hacía, convirtiendo cualquier trabajo en una pequeña pieza de museo.
Tardó mucho en encontrar su cuarta letra. Viajó y viajó desde Arabia Saudí hasta Nueva Zelanda y Siberia, pero nada parecía identificarse con él. Pero José no se rindió, porque era una persona que creía en la felicidad por encima de todo, y sabía que no podía ser del todo feliz si no entendía quién era realmente. Por fin encontró lo que buscaba en la Ciudad de México, en un precioso lugar llamado Xochimilco, una pequeña Venecia llena de canales y coloridas trajineras, donde gente de todo el mundo se reúne para disfrutar de la fiesta del lugar. Así descubrió José que él era Xenófilo, que amaba cualquier cosa que viniera de otras culturas, porque eso enriquecía su espíritu y le hacía crecer como persona.
José estaba contento, casi había encontrado su verdadero nombre por completo, y apenas ya quedaba en su interior nada del José que su pobre padre le había impuesto por error.  Fue en el País Vasco donde encontró la letra que le faltaba. En una mágica localidad llamada Oñate, hermosa y antigua, José se desprendió de su equivocación y comprendió allí mismo que él era Oportuno, porque en esa zona encontró no sólo su nombre, sino el amor de su vida. No podía ser de otra forma, es cuando te encuentras a ti mismo, cuando podrás hallar a quién valga la pena.
Ya nunca más sería José, ahora era Natxo, y así por fin estaba dispuesto a emprender la aventura más increíble del mundo, compartir el futuro con la persona a la que amas.

lunes, 3 de diciembre de 2012

El pescador de sueños

Al principio, cuando la funcionaria de la oficina de empleo le ofreció aquel puesto de trabajo, a Luis no le pareció muy buena idea. Él no tenía ni idea de cómo se hacía aquello, en fin,  no sabía ni de qué iba la cosa,a pesar de que era ingeniero naval, pero, claro, la verdad es que no estaba el panorama como para andar desechando nada. Así que finalmente aceptó la oferta y se convirtió en un pescador de sueños.
Y así fue como comenzó su nueva vida. Luis se levantaba muy temprano todas las mañanas y, tras un buen desayuno, se subía a su pequeña barca y se adentraba en las turbulentas aguas del mar onírico, el mar donde se perdían todos los sueños que no llegaban a buen puerto. Con tranquilidad, Luis colocaba su caña en posición y se disponía a rescatar todos los sueños y las ilusiones perdidas. La primera vez que pescó algo fue el sueño de Alicia, que desde los cinco años había soñado con ser una famosa cantante, pero la vida y las circunstancias le obligaron a abandonar aquel deseo a la deriva. Luis lo levantó con la caña y lo recogió con suavidad con una red hasta colocarlo suavemente en la cesta. Alicia ya no cumpliría su sueño, pero ahora otra persona podría aprovecharlo. Fue un momento emocionante, aunque luego esta fue una de las pescas más frecuentes en su trabajo.
Pasó el tiempo y Luis se hizo un experto pescador. Había un montón de sueños como el de Alicia, de gente que quería cantar, actuar, bailar... pero también había otros que eran muy diferentes e interesantes, como el sueño de Gabriel de ser domador de elefantes, un sueño que pesaba una barbaridad, o el sueño de Lucía de convertirse en una arriesgada trapecista, o el de Alfonso que quería llegar a ser un gran explorador. Eran sueños bonitos, diferentes, tanto que eran mucho más difíciles de colocar que los otros más comunes. 
Luis llegó a estar muy a gusto con su trabajo de pescador. Es decir, tenía un  buen sueldo, con sus pagas extra y sus vacaciones, además de no tener jefe directo ni nadie que le diese el coñazo, y los sueños que pescaba eran bonitos, algunos muy originales. Resultaba un poco triste pensar que esos sueños no se realizaron, que no llegaron a convertirse en reales, pero Luis se consolaba pensando que gracias a que él los rescataba quizá otra persona pudiera llevarlos a cabo.
Y así fueron pasando los años, con muy pocas novedades o sobresaltos. Luis seguía encontrando sueños curiosos, como el de Fernando, que quería construir el zoológico más grande del mundo y conservar en él a todas las especies en peligro, o el de Cristina, que soñaba con ser la primera persona que viajase a otra galaxia, y sueños comunes como el de Sara de tener una familia y un hogar o el de Antonio, que lo único que quería en la vida era que le cogiesen para entrar en la casa del Gran Hermano. Luis los recogía todos sin distinción, siempre había alguien a quién le interesaría cumplirlos.
Un día, Luis pescó un sueño suyo. De primeras no lo distinguió, porque ya había pasado mucho tiempo desde que lo había desechado, pero luego se dio cuenta de que le pertenecía. Era el sueño de Luis por irse a vivir a otro país para trabajar de su verdadera profesión, ingeniero naval, aprender idiomas y tener un montón de experiencias diferentes. Aquel sueño se le había hecho pesado, era difícil alejarse de la familia, de los amigos, era difícil vivir sin apenas dinero, y en un país en el que ni siquiera podrías comunicarte con fluidez. Así que Luis simplemente, lo había abandonado.
Un poco confuso, decidió no llevar su sueño al departamento de recolocación. Lo dejó sobre la mesa de la cocina y lo observó atentamente. Le daba miedo pero no podía dejar de observarlo. El trabajo de pescador de sueños le proporcionaba estabilidad, calma y aprobación por parte de los otros, era un buen trabajo. Sin embargo, Luis no podía evitar la llamada de aquel sueño. Si su vida era tan buena, ¿por qué no podía apartar los ojos de aquello que estaba encima de la mesa?
Así estuvo toda la noche, mirando y pensando. Al día siguiente, Luis presentó su dimisión en el trabajo. Tenía algo de dinero ahorrado y había comprado un billete de ida para Holanda. Sus familiares y amigos no lo entendían, estaban escandalizados, ¿cómo podía abandonar la seguridad de la vida que llevaba para lanzarse a la locura de perseguir un sueño? Pero Luis ya no tenía dudas, porque después de la experiencia de trabajar como pescador de sueños había comprendido que abandonarlos puede proporcionar seguridad, pero desde luego, no felicidad, ¿y para qué quiere nadie una vida segura si al final de ella te das cuenta de que no has sido feliz?

miércoles, 25 de julio de 2012

Des-nudos

Gabriel nació con una pequeña particularidad en los ojos: era incapaz de ver cualquier tejido. Al principio no fue consciente de aquel defecto óptico, allí, en la sala de partos, pues veía a todo el mundo como él mismo estaba. La cosa es que luego, después de darle un baño refrescante le pusieron alrededor de la piel algo invisible. Con los años, no perdió la fascinación por aquellas cosas imposibles de ver con las que le envolvían. Era realmente extraño, porque aunque todas las ropas eran igual de invisibles para sus ojos, el tacto que provocaban era notablemente diferente. Normal, no es lo mismo una camisa de seda que un pantalón vaquero. Lo mismo le pasaba con la cama, por ejemplo. Incapaz de ver las mantas, sábanas e incluso el algodón que envolvía el propio colchón, Gabriel se acostaba hipnotizado ante los muelles sobre los que su cuerpo flotaba de una manera casi mágica.
En esos primeros años, sus padres creyeron que la forma en que Gabriel miraba las ropas, la cama, el sofa, etc, era la normal curiosidad de la etapa inicial de una vida. Pero El niño fue creciendo y esa curiosidad no desapareció, muy al contrario, fue aumentando y trasladándose a otros campos. Cualquier cosa hecha de tela, un mantel, un forro, una cortina, todo era imposible de observar para él y la reacción de los demás frente a aquello que para él no existía le llamaba poderosamente la atención.
Ya con cierta edad, le llevaron a la playa y allí observó dos cosas que despertaron su curiosidad: la primera eran los niños que jugaban con cometas, cosa que para él era los niños que elevaban los brazos hacia el cielo, echaban a correr y reían, y la otra era el comportamiento de la gente. La personas en la playa se comportaban diferente. Gabriel no entendía que esto era debido a la falta de ropa, porque su entendimiento del tema no pasaba del sentido del tacto. En la ciudad, la gente se movía de forma diferente, más seguros de si mismos, audaces, fuertes, en comparación con sus mismos movimientos en la playa, que eran torpes, asustadizos, intentando a veces incluso taparse con las manos. Y lo más curioso de todo esto era que nadie parecía darse cuenta de ello, salvo el propio Gabriel.
Aquello le maravillaba. Gabriel no paraba de observar a la gente, sus movimientos, sus relaciones con el entorno, con los demás, y llegó a la conclusión de que todos eran frágiles, que había algo en la ciudad que les asustaba, y esa era la razón por la que exhibían aquella actitud agresiva, pretendidamente segura y fuerte.
Su mirada profunda empezó a asustar a todos. La gente se sentía observada, desnuda bajo sus ojos. Cuando hablaban con él, parecía como si supiera perfectamente cuán asustados podían sentirse, así que comenzaron a evitarle. Sus amigos le rehuían con excusas baratas, hasta sus propios padres se dejaban ver cada vez menos. Nadie soporta que descubran su coraza, nadie soporta verse desnudo frente a los demás. Pero Gabriel, con su pequeño defecto genético, lo entendió todo. Nudos, eso es lo que tenemos todos dentro. A medida que vamos creciendo, se nos van enredando nudos y más nudos, que nos atrapan, que nos impiden avanzar, ser felices. Así que estar desnudos es eso, librarse de todos esos nudos que nos atan a la miseria. Y, como los demás eran incapaces de verlo, Gabriel decidió que esta era su misión en la vida, Nunca más volvió a ponerse una ropa encima, y se mostró siempre a los demás como él mismo los veía a ellos, des-nudo.
Al principio, esto chocó a las personas de su entorno, pero poco a poco, dejaron de temerle, de sentirse desprotegidos frente a él, ya que Gabriel aparecía con todos sus miedos e inseguridades, con su completa humanidad. Porque, en el fondo, todos seguimos siendo pequeños asustadizos, y escondemos esa fragilidad bajo un montón de telas con el pretexto de que nos sirven de abrigo.

jueves, 21 de junio de 2012

Dulzura rima con ternura

El día que se casó con Jesús, Cecilia se sintió la mujer más afortunada del mundo. Su marido era bueno, cariñoso, responsable y guapo, no se podía pedir más a la vida. Lo conoció una tarde lluviosa  en una cafetería, tomando un chocolate caliente para combatir el frío. Jesús se acercó a ella y le dijo que al verla tomar el chocolate había entendido cómo una mujer podía ser tan dulce. Era el piropo más bonito que le habían dicho jamás. Al día siguiente, El hombre apareció en la cafetería con una caja de bombones para ella, y al siguiente, con una gigantesca bolsa de gominolas. Ella reía encantada, decía que aquello la iba a poner como un tonel, pero él respondía que era la mujer más dulce que había visto jamás, y que no podía permitir que aquella dulzura se diluyera lo más mínimo. Aquel amor no entendía de flores ni de joyas, sólo de dulces y pasteles, de azúcares y chocolates, de helados y barquillos. Y Cecilia entendió que era el mejor amor del mundo, porque todo el mundo sabe que dulzura rima con ternura.
Cuando por fin decidieron pasar el resto de sus vidas juntos (aunque probablemente, esto ya le habían decidido en el mismo momento en que se conocieron), Jesús construyó el hogar más dulce que nunca había existido. Los ladrillos eran del chocolate más negro y las puertas y ventanas de un hermoso mazapán, los picaportes eran fresas de gominola y los cristales de caramelo de diferentes sabores, el alféizer de las ventanas eran de regaliz del rojo y los marcos de las puertas, del negro. El turrón fue usado para construir la chimenea y los polvos pica-pica para encenderla; el camino de entrada fue asfaltado con peladillas y la cama de matrimonio del más mullido algodón de azúcar. La casa entera era un templo al amor de la pareja, en aquel hogar sólo cabía ser feliz. Y entonces, Jesús murió.
Son esas cosas que pasan cuando menos te lo esperas. Cuando crees que por fin la vida te recompensa por tantos años de sufrimiento y soledad, ella va y te arrebata lo que más quieres. Jesús se fue, poco importa si por un accidente de tráfico o una enfermedad mortal. Cecilia se quedó sola, triste y ni todo el azúcar del mundo pudo ahogar su profunda amargura. La mujer se fue recluyendo, refugiada en sus más acaramelados recuerdos, dejó de tener interés en el presente. Mientras revivía una y otra vez su primer encuentro en la cafetería, sus cabellos encanecieron y ella no se molestó en teñirlos, porque Jesús no estaría allí para verlo; mientras rememoraba su maravilloso primer beso, las ropas se le gastaron, estropeadas, rasgadas, y a ella le daba igual, porque él no podría darse cuenta; mientras recordaba cómo hacían el amor, la piel comenzó a arrugársele y una enorme verruga le creció en la nariz, y ya no es que él no lo viera, es que ya ni Cecilia misma era capaz de ver su terrible aspecto. Sola, triste, amargada, oscura, enclaustrada en la casa más dulce que el amor jamás construyó.
Y ahora vienen esos asquerosos niños, Hansel y Gretel, y sin ninguna consideración se lían a mordiscos con su hogar. ¿Es o no es para comérselos?

martes, 13 de marzo de 2012

El extra

Me he convertido en un extra del guión de mi propia vida. Me he dado cuenta esta mañana, cuando he me he puesto a revisar el guión mientras desayunaba. Al principio, pensé que se trataba de un error, pero en la segunda lectura ya he salido de dudas. ¡No tenía ni una frase en todo el guión!
Al parecer, primero mi perro me ladrará para que le saque a hacer sus necesidades antes de ir a trabajar. Yo le miraré con resignación y le pondré la correa. En el parque me encontraré con la vecina del cuarto, esa que tiene un Yorkshire que cuando ladra hace el mismo sonido que ella al reír. La vecina me saludará enérgicamente preguntándome qué tal estoy, pero cuando yo haga un gesto de responder, directamente comenzará a contarme toda su vida con pelos y señales, su marido que se pasa el día gruñendo mientras ve el fútbol, su hijo que no da palo en la universidad, con lo que les cuesta la matrícula, y su Yorkshire, que es su única alegría pero que se pelea con todos los perros del barrio. Cuando por fin vaya a dejarme meter baza, el maldito bicho la emprenderá contra mi pobre Freud, así que no me quedará más remedio que irme sin decir ni esta boca es mía.
La prota de la segunda escena de mi vida será mi portera, que me pillará saliendo del edificio con intención de irme a trabajar. Me perseguirá hasta el autobús sin parar de recriminarme que ayer sacara la basura después de la hora de recogida, que ella no es esclava de nadie y no puede estar recorriendo las escaleras enteras de arriba a abajo a todas horas. En el autobús intentaré dar los buenos días al conductor, pero es de esos que van con gafas de sol para que nadie se dirija a él, por lo que me ahorro el intento. Lo de esa escena es menos evidente que no hablo, porque nadie lo hace, todo el mundo va con cascos o leyendo en esos modernos libros electrónicos, o las dos cosas.
Nada más llegar a la oficina, me estará esperando una de las secretarias para decirme que mi jefe me busca para echarme la bronca. El otro no me dejará ni abrir la boca, me echará la peta por lo del proyecto que mi compi ha dejado a medias y que por lo visto es responsabilidad mía el que el otro no haya hecho su trabajo, sobre todo si el otro es cuñado de tu jefe. Me pasaré el resto del día solo, encerrado en el despacho, intentando arreglar el desaguisado del cuñadito, el cual, por cierto, se pasará así como a última hora para decirme que si el jefe o su hermana preguntan por él, que diga que está currando conmigo y que ahora mismo se encuentra en el baño. "Hoy por mi y mañana por ti" me dice mientras me guiña un ojo. Ni siquiera esperará a que le responda. se irá antes.
Llegaré a casa ya de noche, veré a la portera trasteando en la portería, y aprovecharé un descuido suyo para colarme en el ascensor. Freud me saludará con un ladrido poco efusivo. Antes se alegraba mucho al verme, pero ahora lo hará sin ganas. A nadie le da alegría ver a un extra.
Ni una frase, en todo el día. He pasado de ser el prota de mi vida a ser una figuración especial con frase y finalmente un extra mudo. Es duro no pintar nada en tu propia vida. Aunque supongo que es culpa mía, porque yo nunca quise ser prota, no me gustaba llamar la atención. Intentaba pasar desapercibido al máximo, por aquello de que cuanto menos se fijen en ti, menos problemas tendrás. Pero he puesto tanto interés en ello, que ahora ya no pinto absolutamente nada en esta peli. Desde luego, es verdad que así tengo menos problemas, pero de lo que me he dado cuenta es de que, sobre todo, lo que menos tengo son alegrías.

miércoles, 7 de marzo de 2012

El invierno enamorado

Otoño supo que aquella pasión había acabado cuando comenzaron a caérsele las hojas. Invierno y otoño llevaban juntos mucho tiempo, desde que se conocieron la primera vez no pudieron separarse más. Pero nada es para siempre, y finalmente, el aire melancólico de Otoño hizo mella en la relación. Todo se iba enfriando cada vez más, la chispa había muerto, no había ni siquiera ganas de discutir. Hasta que un frío 23 de diciembre, Otoño se marchó.
Invierno se quedó solo, desconsolado, perdido y sin rumbo por entre el gentío que celebraba los excesos de la navidad y el fin de año. Así que todos aquellos que os preguntais porqué os sentís tan desdichados en esas fiestas, ya sabéis que la respuesta es la desolación del corazón roto del pobre Invierno.
La soledad se hizo cada vez más patente, comenzando el año sin tener con quién, encontrando a cada esquina un recuerdo que creía haber perdido y que le arrancaba cruelmente otro trocito de su indefenso y frágil corázón de hielo. Invierno tapó todos los marrones y ocres con el blanco más puro, en un intento de reclamar la atención de Otoño, como diciendo que sus colores eran corruptos, malvados, frente a la pureza de su blanco dañado. Son esas cosas que hacemos para intentar de manera vana mantener un contacto con quien ya no quiere saber nada de nosotros. Pero el otro no respondió, no dio señales de vida. Entonces, Invierno optó por la estrategia de hacer que la cosa iba estupendamente, que era feliz y todo eso, así que en febrero montó unas fiestas de carnaval de agárrate y no te menees, con un montón de colores y músicas. Pero Otoño tampoco se dio por aludido, porque la verdad es que cuando algo se acaba, se acaba, y las mil estrategias que montemos solo sirven para anclarnos en el pasado y el dolor. Invierno comprendió esto y por fin dejó escapar el llanto tanto tiempo contenido durante el entierro de la sardina.
Llegó marzo y con él la tranquilidad. Invierno había dejado que el dolor se fuera, cerró la puerta y se encaró a la soledad con firmeza y serenidad. Ya no tenía miedo, estar solo no es tan malo, le ayuda a uno a conocerse mejor, y descubrir cosas maravillosas de tu propia persona. Y en esta serenidad, de repente, percibió un nuevo calor. Levantó la vista hacia la dirección desde donde llegaba aquel calor y entonces vio a Primavera, hermosa, esplendorosa, rodeada por los colores más vivos y la mirada más brillante. Y de esta manera, cuando ya lo daba todo por perdido, Invierno volvió a abrir su corazón, y el 23 de junio, Invierno y Primavera tuvieron un hermoso y radiante bebé al que llamaron Verano.

sábado, 25 de febrero de 2012

Desde la penumbra

Nunca he sido de mucho dormir, supongo que porque mi cabeza siempre anda trasteando con cosas, planes, decisiones, y un millón de cosas más. Soy así, no lo puedo evitar, me acuesto pensando y me levanto a las cinco horas repensando. Doy un par de vueltas en la cama intentando volver a enganchar el sueño, pero sé que es inútil. Me levanto a por un vaso de agua y regreso al dormitorio. Me siento frente a la cama y desde la penumbra la observo dormir. Ella sí que duerme. Ocho, nueve y hasta diez horas si la dejan. Y yo la dejo, porque nunca es tan perfecta como cuando está dormida, con ese aire casual que la envuelve.
Siempre se queja que la calefacción está muy alta y se muere de calor en la cama, yo le digo que como es calefacción central no se puede hacer nada para bajarla. Pero es mentira, en realidad, la dejo así para ver como se destapa en sueños, dejando en libertad su maravilloso cuerpo, con esa piel lisa, tersa, marmólea. Me imagino a mi mismo acariciando esa suavidad hecha epidermis. En mi mente, veo como mi mano repasa amorosamente todas sus curvas. Solo en mi mente, nunca me atrevo a tocarla de verdad, tengo miedo de que al hacerlo ella desaparezca y que todo sea un sueño.
Ella gime un momento, lo hace a menudo, porque siempre tiene sueños intensos, para ella todo es real, tanto despierta como dormida. Yo adoro sus gemiditos. Son como pequeñas notas musicales que me acompañan en mi penumbra. Los emite con los labios ligeramente entreabiertos. Yo lo observo con atención, deseando secretamente besarla hasta el amanecer, pero no lo hago, porque tengo miedo de que al intentarlo, todo se desvanezca y descubra que realmente estoy solo.
Como inquieta, se revuelve contra la almohada. Un mechón rebelde de su cabello le cruza el rostro y compruebo una vez más que la perfección no tiene límites. Porque ella no hace nada, simplemente duerme, y sin embargo,  observándola yo desde la penumbro encuentro todas las razones del mundo. Quiero besarla, abrazarla, quiero quererla, poseerla, hacerle ver que estaré por ella y para ella, que me hace feliz simplemente verla dormir. Y pienso que la única manera en la que llegaría a ser más feliz aún es que algún día yo duerma un montón de horas seguidas y que, al despertar, encuentre que ella está en esta silla, observándome desde la penumbra.