Cuando nació decidieron llamarla Soledad, en recuerdo de algún familiar ya difunto. Así que desde el mismo día que entró en el mundo debió cumplir con la obligación de llenar el hueco de amor que había dejado otra persona, con la sobrecarga de llevar un nombre que pronosticaba una vida anónima y solitaria. Soledad. ¿Quién, en su sano juicio, elige un nombre tan triste para una niña? Llamarse así era para ella como una condena, un estigma que debía llevar por el resto de su miserable vida.
Nunca quiso que usaran diminutivos de su nombre, ni apelativos cariñosos. Habían decidido que se llamaría Soledad, y así tenía que ser. Y no es que estuviese realmente sola, no, que va, siempre estuvo rodeada de gente. Familiares, vecinos, compañeros de clase, compañeros de trabajo... Pero su nombre le pesaba como una losa dura y fría. No hay nadie más solo que aquel que se siente así rodeado de gente.
Su padre le contaba cuentos para dormir cuando era pequeña, y su preferido era el de la Bella Durmiente. Se imaginaba a si misma como aquella princesa maldita. Daba igual que la escondieran, no importaba que la hubiesen apartado de la Corte y de todos los objetos punzantes, porque al final, la aguja de la rueca encontró su dedo irremediablemente. Y así creía que era su destino. Su maldición había sido llamarse Soledad, y por mucho que buscara evitarla, finalmente llegaría a ella con todo su poder. Y desde la más temprana edad decidió que nunca se enamoraría, para evitar de esa forma cualquier atisbo de vana esperanza.
Sola, sola, sola. Un alma en pena, torturada por un nombre cruel. Y entonces conoció a Justo y, a pesar de la promesa que se había hecho de niña, no pudo evitar enamorarse de él. No quería, de verdad que no quería, pero uno no controla a su corazón, uno no decide cuándo y de quién se enamora. Esas cosas simplemente pasan. Así que Soledad vivía aún más triste que antes, porque creía que Justo acabaría de destrozar su maltrecho corazón después de haberlo encendido con una fatua llama de esperanza. Le rehuía, le trataba mal, le increpaba, intentaba alejarse de él con todas sus fuerzas, pero Justo la amaba y no la dejaría escapar. Finalmente, ella cayó en sus brazos, rendida, exhausta de amor. Y entre lágrimas le contó su maldición, como la de la Bella Durmiente.
- Soledad -dijo el muchacho después de oírla-, nuestros nombres no nos definen, sino nuestras acciones. Si te empecinas en tener una vida desdichada, es lo que tendrás. Pero puedes ser tan feliz como cualquiera, si te atreves a luchar y a conquistar la felicidad. La vida está llena de rescoldos, no le añadas tú más de los que trae por si sola.
Y así fue. Soledad y Justo fueron felices, con sus más y sus menos, pero felices. Tuvieron una hija y la llamaron Esperanza. El cuento de hadas de Soledad sí que fue como el de la Bella Durmiente, porque, para ser justos, hay que decir que la princesa estuvo condenada, pero que un apuesto príncipe la salvó.
martes, 13 de septiembre de 2011
viernes, 5 de agosto de 2011
Mi mejor yo
Mi mejor yo era un tipo estupendo.Tenía el encanto de los guapos que no saben que lo son. Tenía una personalidad arrogante con un punto de timidez que le hacía resaltar su belleza y una mirada penetrante que parecía saber todo sobre la persona en la que se clavaba. Era casual, inconsciente, y caótico en su vestir, porque parecía no importarle lo que los demás pensaran de su persona. Era capaz de dormir nueve o diez horas seguidas (con pequeños intervalos de cinco minutos, secuelas de una infancia de alergia asmática) y se levantaba estupendo, de buen humor, deseoso de ver lo que el mundo le ofrecía cada mañana. Siempre salía bien en las fotos, a pesar de lo desastroso que estuviera, porque cuando la gente veía la imagen sólo era capaz de fijarse en sus ojos llenos de vida.
Mi mejor yo se alimentaba correctamente. Comía cosas a la plancha y generosas ensaladas, pero tenía un punto de gula que compensaba los fines de semana con alguna pizza o hamburguesa. Hacía deporte regularmente, porque le atraía aquel pensamiento latino de "Mens sana in corpore sano" y dedicaba mucho tiempo de su entrenamiento a estirar todos los músculos de su cuerpo llegando a tener una elasticidad más que digna.
Mi mejor yo gustaba de aprender siempre cosas nuevas. Devoraba libros por el simple placer de saber, disfrutaba de la música, los idiomas, las novelas, las matemáticas, los hallazgos científicos y las cuestiones humanas, porque sabía que al final todo se reducía a eso, a saber cómo son las personas y porqué.
Mi mejor yo confiaba en la gente de su entorno. Mostraba un cinismo inocente, falso por propia definición, porque en realidad pensaba que todos querían lo mismo: un mundo mejor que el que nos encontramos al llegar. Era voluntario en diferentes ONGs y se sentía bien ayudando a los demás en lo que podía. Una vez le hicieron una carta astral de esas y en ella le decían que había venido a este mundo para enseñar a las personas a quererse a si mismas. En lugar de reirse de semejante estupidez, mi mejor yo encontró que esa era la misión más bonita del mundo.
Mi mejor yo era enamoradizo. Era capaz de hallar el amor hasta debajo de las piedras. Todas las semanas le rondaba alguna persona por la mente y jugueteaba con la idea de que aquella vez fuera para siempre. Porque mi mejor yo se enamoraba para siempre cada vez.
Le echo de menos. Yo no soy capaz de dormir más de cinco horas seguidas. No sé en qué momento de esta larga carrera me abandonó, pero en el fondo no pierdo la esperanza de que vuelva conmigo. Y eso me hace tener fe. Porque el no perder nunca la esperanza era un rasgo de mi mejor yo y no mío.
Mi mejor yo se alimentaba correctamente. Comía cosas a la plancha y generosas ensaladas, pero tenía un punto de gula que compensaba los fines de semana con alguna pizza o hamburguesa. Hacía deporte regularmente, porque le atraía aquel pensamiento latino de "Mens sana in corpore sano" y dedicaba mucho tiempo de su entrenamiento a estirar todos los músculos de su cuerpo llegando a tener una elasticidad más que digna.
Mi mejor yo gustaba de aprender siempre cosas nuevas. Devoraba libros por el simple placer de saber, disfrutaba de la música, los idiomas, las novelas, las matemáticas, los hallazgos científicos y las cuestiones humanas, porque sabía que al final todo se reducía a eso, a saber cómo son las personas y porqué.
Mi mejor yo confiaba en la gente de su entorno. Mostraba un cinismo inocente, falso por propia definición, porque en realidad pensaba que todos querían lo mismo: un mundo mejor que el que nos encontramos al llegar. Era voluntario en diferentes ONGs y se sentía bien ayudando a los demás en lo que podía. Una vez le hicieron una carta astral de esas y en ella le decían que había venido a este mundo para enseñar a las personas a quererse a si mismas. En lugar de reirse de semejante estupidez, mi mejor yo encontró que esa era la misión más bonita del mundo.
Mi mejor yo era enamoradizo. Era capaz de hallar el amor hasta debajo de las piedras. Todas las semanas le rondaba alguna persona por la mente y jugueteaba con la idea de que aquella vez fuera para siempre. Porque mi mejor yo se enamoraba para siempre cada vez.
Le echo de menos. Yo no soy capaz de dormir más de cinco horas seguidas. No sé en qué momento de esta larga carrera me abandonó, pero en el fondo no pierdo la esperanza de que vuelva conmigo. Y eso me hace tener fe. Porque el no perder nunca la esperanza era un rasgo de mi mejor yo y no mío.
Indignado
La Puerta del Sol estaba acordonada por la policía, los helicópteros no paraban de revolotear alrededor, como sabuesos que buscan a su presa. La gente estaba asustada, desorientada, hacía ya muchos años que la dictadura había acabado, así que el estado de sitio les quedaba a todos un poco lejos, la mayoría ni siquiera sabía lo que eso era. Unos pocos valientes se acercaban a los alrededores del centro de la capital, ansiosos, frustrados ante lo que consideraban injusto, luchando por su propia libertad y la de sus congéneres. Luego estaban otros, que incluso inicialmente estaban de acuerdo con el movimiento revolucionario, que habían decidido que ya estaba bien de jaleo, y que la policía hacía bien en desalojar a aquellos que no hacían más que estorbar y pertubar a las personas. Y en estas estaban todos, revolucionados, revolucionando, cuando Dios apareció en medio de la mismísima Puerta del Sol.
Estaba callado, como meditando, vestía una ropa muy normal, así como tirando a rollo tiradillo, hippie, incluso pelín perro-flauta, si no fuera por la fuerza que emanaba, nadie se hubiese dado cuenta de quién era. Pero no había duda, era Dios, el supuesto creador de todo lo que existe. El silencio se hizo casi eterno, hasta que por fin, él mismo decidió hablar. Cuando lo hizo todo el mundo escuchó, y cuando digo todo el mundo, me refiero a todo el planeta. ¿Qué cómo pudo? Fácil, era Dios.
- ¿Os habéis vuelto locos? -fue lo primero que salió de su boca- Os doy un planeta para vivir, para que lo hagáis vuestro propio paraiso, os dejo una infinidad de maravillas, paisajes, alimentos, plantas, animales, os lo doy todo para ser felices y la libertad para hacer lo que considereis conveniente, y vosotros vais y le dais el poder a cuatro sinvergüenzas que están destrozando vuestras vidas y el propio planeta.
Silencio.
Ahora resulta -continuó-, que vienen unos señores que dicen que hablan en mi nombre y vosotros les seguís a pies juntillas sin decir ni esta boca es mía. ¿Para qué os he dado yo un cerebro? O sea, que envío a mi hijo a que nazca en la familia más pobre y que predique el amor, y estos aparecen ahora, gastando fortunas en vivir como reyes, amasando dinero y poder como si fueran los únicos que vivieran en el mundo, y vosotros creéis que hablan en mi nombre. ¿Sois imbéciles?
Silencio.
-¿Creéis que si ese Papa creyera en mi haría las barbaridades que hace? Deciden que el sexo es sólo para procrear y condenan a un continente como África a morir antes que a usar preservativos, porque es la palabra de Dios. ¿No os enseñé que la palabra de Dios era Amor? ¿No os dije que os amarais los unos a los otros? ¿Acaso sois más felices viendo cómo este señor se lo queda todo? ¿Pero no veis cómo la gente se muere de hambre mientras aquí se gasta el asqueroso dinero para que él venga y os liais a pelearos todos por su simple visita?
Silencio.
- Tenéis que acabar con esto de una vez. Tenéis que tomar las riendas de vuestra vida. Sé que es más fácil dejarse llevar, que otros tomen las decisiones, pero ya es tiempo de que esto acabe, de que seáis responsables de vuestra propia vida, porque es vuestra y nadie la va a vivir por vosotros. Haced lo que debéis hacer y dejad de poner vuestras almas en manos de quien no la tiene. Sed libres, que es el mayor regalo que os he dado. Y recordad una cosa: Amar nunca es pecado.
Y con este último mensaje, desapareció.
Estaba callado, como meditando, vestía una ropa muy normal, así como tirando a rollo tiradillo, hippie, incluso pelín perro-flauta, si no fuera por la fuerza que emanaba, nadie se hubiese dado cuenta de quién era. Pero no había duda, era Dios, el supuesto creador de todo lo que existe. El silencio se hizo casi eterno, hasta que por fin, él mismo decidió hablar. Cuando lo hizo todo el mundo escuchó, y cuando digo todo el mundo, me refiero a todo el planeta. ¿Qué cómo pudo? Fácil, era Dios.
- ¿Os habéis vuelto locos? -fue lo primero que salió de su boca- Os doy un planeta para vivir, para que lo hagáis vuestro propio paraiso, os dejo una infinidad de maravillas, paisajes, alimentos, plantas, animales, os lo doy todo para ser felices y la libertad para hacer lo que considereis conveniente, y vosotros vais y le dais el poder a cuatro sinvergüenzas que están destrozando vuestras vidas y el propio planeta.
Silencio.
Ahora resulta -continuó-, que vienen unos señores que dicen que hablan en mi nombre y vosotros les seguís a pies juntillas sin decir ni esta boca es mía. ¿Para qué os he dado yo un cerebro? O sea, que envío a mi hijo a que nazca en la familia más pobre y que predique el amor, y estos aparecen ahora, gastando fortunas en vivir como reyes, amasando dinero y poder como si fueran los únicos que vivieran en el mundo, y vosotros creéis que hablan en mi nombre. ¿Sois imbéciles?
Silencio.
-¿Creéis que si ese Papa creyera en mi haría las barbaridades que hace? Deciden que el sexo es sólo para procrear y condenan a un continente como África a morir antes que a usar preservativos, porque es la palabra de Dios. ¿No os enseñé que la palabra de Dios era Amor? ¿No os dije que os amarais los unos a los otros? ¿Acaso sois más felices viendo cómo este señor se lo queda todo? ¿Pero no veis cómo la gente se muere de hambre mientras aquí se gasta el asqueroso dinero para que él venga y os liais a pelearos todos por su simple visita?
Silencio.
- Tenéis que acabar con esto de una vez. Tenéis que tomar las riendas de vuestra vida. Sé que es más fácil dejarse llevar, que otros tomen las decisiones, pero ya es tiempo de que esto acabe, de que seáis responsables de vuestra propia vida, porque es vuestra y nadie la va a vivir por vosotros. Haced lo que debéis hacer y dejad de poner vuestras almas en manos de quien no la tiene. Sed libres, que es el mayor regalo que os he dado. Y recordad una cosa: Amar nunca es pecado.
Y con este último mensaje, desapareció.
¿FIN?
lunes, 1 de agosto de 2011
Ecos de amor
Orlando no estaba loco, ni era tonto ni nada por el estilo. Lo único que ocurría es que llevaba demasiado tiempo solo en aquella montaña. En un principio, había sido él mismo quién había decidido alejarse del bullicio, de la hipocresía y de la falta de humanidad de las ciudades, y se había refugiado en aquel caserón apartado de cualquier signo de civilización. Y eso estuvo bien durante un tiempo. Aquello era un paraíso de paz y de armonía lleno de olores, colores y sabores que jamás podrían atravesar la crueldad de los edificios, ni los agresivos humos que envolvían a las grandes urbes. Pero con el paso del tiempo, la necesidad de comunicación se fue abriendo paso por entre las diferentes maravillas que le rodeaban, hasta que un día se le ocurrió un juego tonto: comunicarse con el eco de la montaña.
- Hooooolaaaaaaa -gritaba por las mañanas al borde del abismo.
- ...olaaaaaaaaa -le respondía el eco con suavidad.
- Buenoooos díaaaaaaas -deseaba Orlando a su eco.
- ...uenoooos díaaaaas -contestaba el otro con el mismo entusiasmo.
Poco a poco, el hombre fue desarrollando aquel juego y sin darse cuenta, profundizando en su relación con el eco, el cuál no sólo parecía escucharle, sino que había encontrado en él, un alma gemela, alguien que sentía las mismas pasiones, que vivía los mismos sueños. Así que no fue de extrañar que Orlando acabara por enamorarse del eco perdidamente.
- Te quierooooooooo -gritó por fin un día, un poco asustado ante la posibilidad del rechazo.
- ...e quierooooooooo -admitió el eco con idéntica pasión.
Le quería, su eco le quería. Orlando se sintió el hombre más afortunado de la tierra. No tenía otro pensamiento en el día que el de pasar el máximo tiempo al borde del abismo, para disfrutar de la compañía de su maravilloso amor.
- Te quieroooooooo.
-Yo también.
Orlando se asustó al escuchar aquella respuesta, pero al girarse vio a Marisa, la novia que su antiguo yo había tenido en la ciudad. Estaba plantada ante él, con aspecto decidido.
- Como no regresabas, he venido a buscarte -dijo al fin.
- Lo siento, llegas tarde -confesó él-, he dado todo mi amor al eco, y sólo a él pertenece mi corazón.
- Ya lo he oído -admitió ella-, ¿y cómo es eso posible?
- El eco me quiere, siempre me escucha, no se enfada conmigo, comparte mis sentimientos y también mis pensamientos. Mi eco me quiere, mira: Te quieroooooooo!!!
- ...e quierooooooo!!!
- ¿Lo ves?
- Bueno, puede que yo me enfadara contigo, que no siempre te diera la razón, que a veces incluso no te escuchara, pero ¿sabes qué? cuando yo te decía "Te quiero" lo hacía con todas las letras.
- Hooooolaaaaaaa -gritaba por las mañanas al borde del abismo.
- ...olaaaaaaaaa -le respondía el eco con suavidad.
- Buenoooos díaaaaaaas -deseaba Orlando a su eco.
- ...uenoooos díaaaaas -contestaba el otro con el mismo entusiasmo.
Poco a poco, el hombre fue desarrollando aquel juego y sin darse cuenta, profundizando en su relación con el eco, el cuál no sólo parecía escucharle, sino que había encontrado en él, un alma gemela, alguien que sentía las mismas pasiones, que vivía los mismos sueños. Así que no fue de extrañar que Orlando acabara por enamorarse del eco perdidamente.
- Te quierooooooooo -gritó por fin un día, un poco asustado ante la posibilidad del rechazo.
- ...e quierooooooooo -admitió el eco con idéntica pasión.
Le quería, su eco le quería. Orlando se sintió el hombre más afortunado de la tierra. No tenía otro pensamiento en el día que el de pasar el máximo tiempo al borde del abismo, para disfrutar de la compañía de su maravilloso amor.
- Te quieroooooooo.
-Yo también.
Orlando se asustó al escuchar aquella respuesta, pero al girarse vio a Marisa, la novia que su antiguo yo había tenido en la ciudad. Estaba plantada ante él, con aspecto decidido.
- Como no regresabas, he venido a buscarte -dijo al fin.
- Lo siento, llegas tarde -confesó él-, he dado todo mi amor al eco, y sólo a él pertenece mi corazón.
- Ya lo he oído -admitió ella-, ¿y cómo es eso posible?
- El eco me quiere, siempre me escucha, no se enfada conmigo, comparte mis sentimientos y también mis pensamientos. Mi eco me quiere, mira: Te quieroooooooo!!!
- ...e quierooooooo!!!
- ¿Lo ves?
- Bueno, puede que yo me enfadara contigo, que no siempre te diera la razón, que a veces incluso no te escuchara, pero ¿sabes qué? cuando yo te decía "Te quiero" lo hacía con todas las letras.
domingo, 31 de julio de 2011
El principio
Mi madre siempre cuenta que entró en la sala de partos de pie. Dice que no sintió dolores, solo una ligera molestia (al contrario que durante el embarazo, que por lo visto estuve dando por saco cosa buena). Se acostó en la camilla y ya empezó a ponerse nerviosa, porque el parto de mi hermana le había llevado unas horillas, así que a los diez minutos empezó a suplicar que le pusieran el goteo (una anestesia para parturientas,al parecer). "Pero, señora, que ya ha nacido".
Y así era, yo entré en este mundo sin pedir permiso, y por supuesto, sin avisar. Imagino a mi madre con esa cosita en los brazos (en cualquiera de mis edades siempre he medido menos) y soñando con mi futuro. Porque eso es algo que hacen los padres indefectiblemente, diseñar un futuro para sus hijos, sin tener en cuenta que en el momento que escapas de su útero, ya eres un ser independiente con sueños propios."El constructo personal" se llama ese proyecto de vida que diseñas para tu prole. Lo tienes acurrucado en tu seno y ya te lo puedes ver estudiando para médico, en su consulta, en su boda, con sus hijos...
Y entonces llegué yo, alguien que no se acercaría ni remotamente a cualquier constructo imaginado por mi madre. Ella me llamaba "el espíritu de la contradicción" porque todo lo que me pedía, yo hacía lo contrario (luego aprendió a pedirme las cosas al revés, para lograr resultados). Nunca sería médico, no hay bodas, no hay nada de lo que soñó.
Los padres no tienen un manual de instrucciones, no son seres perfectos como creemos de pequeños, sólo hacen lo que pueden. Pero mi madre (dentro de ser una de las pocas personas capaz de sacarme de mis casillas) hizo algo maravilloso. Decidió tirar a la basura todos sus planes con respecto a mí, y me dejó ser. Gracias a ello, estoy seguro de que ha tenido vivencias y experiencas que jamás hubiese tenido con aquel hijo perfectamente diseñado. Y hoy en día mi madre está orgullosa de mí y yo... yo estoy orgulloso de ella.
Moraleja: chic@s, casi nunca las cosas salen como un@ las planea, pero tener una mente abierta nos puede proporcionar experiencias mejores de las que en un principio habíamos planeado. A veces es bueno dejarse sorprender por la vida.
Tavi (actor en semiparo y cumpleañero)
PD: Gracias, mamá, la vida no es como me la imaginé, pero es tremendamente divertida.
lunes, 11 de julio de 2011
De ratones y borregos
Bernardo había nacido en un laboratorio y no conocía nada más allá de sus paredes. En realidad, no sabía que pudiera existir nada que no fuera el laboratorio. Todos los días, el señor de la bata blanca sacaba a Bernardo de su jaula y le enseñaba un trocito de queso. Entonces, le pinchaba con una inyección que cambiaba de color según el día y lo colocaba en el interior de un laberinto para que lo recorriese en busca del queso que le había mostrado anteriormente. El pobre ratoncito andaba por los vericuetos de aquel sitio, mareado y dolorido por el pinchazo hasta que finalmente encontraba su recompensa. Y aquel era el mejor momento del día, porque el queso que le daba el señor de la bata blanca debía ser el mejor queso del mundo.
Cuando terminaba de disfrutar de aquella delicatessen, el hombre agarraba a Bernardo y lo introducía de nuevo en la jaula, y el ratoncito podía ver desde allí como el otro tomaba notas sobre sus propias andanzas. El pequeño roedor no podía evitar sentirse orgulloso en ese momento. Su labor parecía de vital importancia para el señor de la bata blanca. Así que Bernardo se prometía a si mismo que al día siguiente haría lo imposible para encontrar el queso rápidamente. Claro que también dependería de lo que le inyectara el otro, si le dolía demasiado o le dejaba atontado, tampoco iba a poder recorrer el laberinto de manera veloz...
Esos pensamientos le rondaban de manera casi obsesiva mientras corría y corría en el interior de la rueda, hasta que quedaba totalmente exhausto como para poder dormir del tirón y sin preocupaciones. Hasta que una noche le despertó una voz.
- ¡Eh, tú!
Bernardo abrió un ojo, desorientado. Aquella no era la voz del hombre. Cuando se hubo aclarado la vista, observó al otro lado de los barrotes, un ratoncito igual que él mismo.
- ¿Qué haces ahí dentro? -insistió el otro.
- Soy parte de un proyecto importante -respondió Bernardo, orgulloso.
Y a continuación, le relató al otro la misión primordial que llevaba a cabo entre aquellas cuatro paredes. El pequeño visitante se quedó unos momentos en silencio, hasta que finalmente se decidió a hablar.
- A ver que yo me entere: el tipo te enseña el queso y en lugar de dártelo lo esconde y luego te clava una aguja antes de dejar que tú solito vayas a por el queso escondido. Y, ¿todo eso para qué?
- Tú no lo entiendes, lo que hago aquí es realmente importante. Si no fuera así, ¿por qué ese hombre iba a estar todo el día pendiente de mi?
- A mi no me parece que esté pendiente de ti, sino más bien de si mismo. Y tú ni siquiera sabes lo que estás haciendo. Deberías pensar el porqué de las cosas, sólo así podrás saber si lo que haces es correcto y merece la pena.
Bernardo quedó en silencio, pero a la semana consiguió escapar de las manos del hombre y se encontró con su amigo en las alcantarillas. Ya no volvió a probar aquel maravilloso queso, pero la vida sin inyecciones ni barrotes resultó ser muchísimo más interesante.
Cuando terminaba de disfrutar de aquella delicatessen, el hombre agarraba a Bernardo y lo introducía de nuevo en la jaula, y el ratoncito podía ver desde allí como el otro tomaba notas sobre sus propias andanzas. El pequeño roedor no podía evitar sentirse orgulloso en ese momento. Su labor parecía de vital importancia para el señor de la bata blanca. Así que Bernardo se prometía a si mismo que al día siguiente haría lo imposible para encontrar el queso rápidamente. Claro que también dependería de lo que le inyectara el otro, si le dolía demasiado o le dejaba atontado, tampoco iba a poder recorrer el laberinto de manera veloz...
Esos pensamientos le rondaban de manera casi obsesiva mientras corría y corría en el interior de la rueda, hasta que quedaba totalmente exhausto como para poder dormir del tirón y sin preocupaciones. Hasta que una noche le despertó una voz.
- ¡Eh, tú!
Bernardo abrió un ojo, desorientado. Aquella no era la voz del hombre. Cuando se hubo aclarado la vista, observó al otro lado de los barrotes, un ratoncito igual que él mismo.
- ¿Qué haces ahí dentro? -insistió el otro.
- Soy parte de un proyecto importante -respondió Bernardo, orgulloso.
Y a continuación, le relató al otro la misión primordial que llevaba a cabo entre aquellas cuatro paredes. El pequeño visitante se quedó unos momentos en silencio, hasta que finalmente se decidió a hablar.
- A ver que yo me entere: el tipo te enseña el queso y en lugar de dártelo lo esconde y luego te clava una aguja antes de dejar que tú solito vayas a por el queso escondido. Y, ¿todo eso para qué?
- Tú no lo entiendes, lo que hago aquí es realmente importante. Si no fuera así, ¿por qué ese hombre iba a estar todo el día pendiente de mi?
- A mi no me parece que esté pendiente de ti, sino más bien de si mismo. Y tú ni siquiera sabes lo que estás haciendo. Deberías pensar el porqué de las cosas, sólo así podrás saber si lo que haces es correcto y merece la pena.
Bernardo quedó en silencio, pero a la semana consiguió escapar de las manos del hombre y se encontró con su amigo en las alcantarillas. Ya no volvió a probar aquel maravilloso queso, pero la vida sin inyecciones ni barrotes resultó ser muchísimo más interesante.
lunes, 4 de julio de 2011
Frágil
Alfonso se despertó un día convertido en cristal. Así, sin más. De repente, todo su cuerpo se había transformado en el más puro y frágil de los elementos. Al principio, se quedó en estado de shock, observando su imagen traslúcida en el espejo del baño, pero poco a poco, a medida que transcurría la mañana, fue tomando consciencia de su nueva situación. Aquello era un verdadero problema.
Al moverse por la casa, se dio cuenta de que lo que antes era una acción cotidiana, ahora podía convertirse en un error fatal. No podía simplemente tomar una ducha, ya que si resbalaba se podría hacer añicos contra el suelo de la bañera (y ahora que era de cristal, no sabía qué sentido tendría ducharse, además). Las sillas de la cocina eran rígidas, de duras aristas, imposibles de usar si quería seguir conservando todos sus miembros intactos (y tampoco necesitaba comer, así que la cocina empezó a tener tanta utilidad como el propio cuarto de baño).
Se sentó cuidadosamente en el mullido sofá del salón, más que nada para tomar un respiro y decidir la línea de acción que debía seguir. La cosa era que tendría que salir a trabajar, no podía quedarse en casa eternamente. Pero el mundo está tan lleno de peligros, la gente es mala, cualquiera podría hacer que el pobre Alfonso estallará en mil pedazos... Finalmente, dio con la solución: se disfrazaría de persona normal.
Y así lo hizo. Cada día, se vestía cuidadosamente y aplicaba maquillaje sobre las partes expuestas de su nueva y cristalina piel. El resultado era bastante decente, mientras no se entretuviera a hablar con nadie más de dos minutos, claro. Salía de casa, sin entretenerse demasiado en saludar a los vecinos; llegaba a la oficina y tras unos gestos rápidos se encerraba en su propio despacho hasta la hora de terminar la jornada (como no necesitaba ingerir alimentos, no tenía porqué salir a comer con sus compañeros) y regresaba a casa, sano y salvo. Cuando alguien se le acercaba por algún motivo, se mostraba rudo, como un tipo duro de esos de las pelis de vaqueros. No podía permitir que nadie descubriera lo fácil que podría ser destrozarle.
Este remedio funcionó a las mil maravillas, de primeras. Porque pasado un tiempo, Alfonso comenzó a sentirse cada vez más y más solo. Ya ni siquiera mantenía conversaciones por teléfono, porque eso creaba lazos que luego era incapaz de mantener en persona. Así que se pasaba los días con sus propios pensamientos, con el miedo a romperse, con su soledad.
Acabó resultando demasiado insoportable. El día que su hermana Ana tuvo un hijo, Alfonso se presentó en el hospital sin maquillaje, con toda su frágil desnudez. Su familia le observó con asombro, sin decir palabra. El hombre de cristal se acercó a su sobrino y pidió sostenerlo en sus brazos. Aquel fue el contacto más maravilloso que jamás podía haber imaginado. Cuando dejó al bebé, fue uno por uno a cada miembro de su familia y los abrazó con todo su amor.
Alfonso no recuperó su carne. Siguió siendo de cristal por el resto de sus días, pero ya nunca más escondió su fragilidad. Descubrió que aunque haya gente malvada, la mayoría no lo son. Y todos en su entorno le cuidaron y protegieron para impedir que se rompiera en mil pedazos.
Al moverse por la casa, se dio cuenta de que lo que antes era una acción cotidiana, ahora podía convertirse en un error fatal. No podía simplemente tomar una ducha, ya que si resbalaba se podría hacer añicos contra el suelo de la bañera (y ahora que era de cristal, no sabía qué sentido tendría ducharse, además). Las sillas de la cocina eran rígidas, de duras aristas, imposibles de usar si quería seguir conservando todos sus miembros intactos (y tampoco necesitaba comer, así que la cocina empezó a tener tanta utilidad como el propio cuarto de baño).
Se sentó cuidadosamente en el mullido sofá del salón, más que nada para tomar un respiro y decidir la línea de acción que debía seguir. La cosa era que tendría que salir a trabajar, no podía quedarse en casa eternamente. Pero el mundo está tan lleno de peligros, la gente es mala, cualquiera podría hacer que el pobre Alfonso estallará en mil pedazos... Finalmente, dio con la solución: se disfrazaría de persona normal.
Y así lo hizo. Cada día, se vestía cuidadosamente y aplicaba maquillaje sobre las partes expuestas de su nueva y cristalina piel. El resultado era bastante decente, mientras no se entretuviera a hablar con nadie más de dos minutos, claro. Salía de casa, sin entretenerse demasiado en saludar a los vecinos; llegaba a la oficina y tras unos gestos rápidos se encerraba en su propio despacho hasta la hora de terminar la jornada (como no necesitaba ingerir alimentos, no tenía porqué salir a comer con sus compañeros) y regresaba a casa, sano y salvo. Cuando alguien se le acercaba por algún motivo, se mostraba rudo, como un tipo duro de esos de las pelis de vaqueros. No podía permitir que nadie descubriera lo fácil que podría ser destrozarle.
Este remedio funcionó a las mil maravillas, de primeras. Porque pasado un tiempo, Alfonso comenzó a sentirse cada vez más y más solo. Ya ni siquiera mantenía conversaciones por teléfono, porque eso creaba lazos que luego era incapaz de mantener en persona. Así que se pasaba los días con sus propios pensamientos, con el miedo a romperse, con su soledad.
Acabó resultando demasiado insoportable. El día que su hermana Ana tuvo un hijo, Alfonso se presentó en el hospital sin maquillaje, con toda su frágil desnudez. Su familia le observó con asombro, sin decir palabra. El hombre de cristal se acercó a su sobrino y pidió sostenerlo en sus brazos. Aquel fue el contacto más maravilloso que jamás podía haber imaginado. Cuando dejó al bebé, fue uno por uno a cada miembro de su familia y los abrazó con todo su amor.
Alfonso no recuperó su carne. Siguió siendo de cristal por el resto de sus días, pero ya nunca más escondió su fragilidad. Descubrió que aunque haya gente malvada, la mayoría no lo son. Y todos en su entorno le cuidaron y protegieron para impedir que se rompiera en mil pedazos.
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