Alfonso siempre fue un gran astronauta, de esos que no les importaba irse al otro lado de la galaxia a solas para ver qué se estaba cociendo por aquellos lares. Había viajado prácticamente por medio universo y conocía los rincones más insospechados, desde los planetas más lujosos hasta las estrellas más lúgubres, porque lo único que le importaba a Alfonso era el saber, y había llegado a la conclusión de que para llegar al conocimiento la vía más rápida era la experimentación. Así que el atrevido astronauta fue de los primeros en probar la sensorial comida de Ganímedes, que hacía que tu cabeza volara y volara mientras tus papilas gustativas estallaban de emoción. Inhaló los vapores sagrados de los Ancíades de Sagitario-Carina que hacían trascender tu alma más allá de tu cuerpo y mente y te revelaban verdades universales. Tomó los colores aromáticos de Axia-mondi, que deben ingerirse por los ojos y que te muestran los sentimientos de todos los que te rodean. Alfonso llegó incluso a beber el Glucis Negro de las Aracnomujeres de Afrodita, del cual dicen que muestra a los más valientes el día y sitio de su muerte, aunque Alfonso jamás confesó si llegó a ver su propia muerte o no.
Pero eso era lo de menos, no se trataba de ver el final del camino, porque el astronauta entendía que la meta en si misma eran todas y cada una de las vivencias y, por lo tanto, no tenía prisa por llegar a ningún lado, porque sabía que siempre estaba donde debía estar y que vivía lo que debía vivir. Y en estas estaba cuando su nave se estropeó y cayó en un pequeño y primitivo planeta desconocido de la Nube de Magallanes. Era tan pequeño que no aparecía en ningún mapa intergaláctico y tan primitivo que Alfonso no encontró allí las piezas necesarias para poder arreglar su nave. Así que, finalmente, nuestro experimentado cosmonauta se convirtió en un emigrante forzado.
Al principio, como es normal, aquello no le gustó, e incluso, debemos admitir que le frustró bastante, porque, al fin y al cabo, todas las aventuras que hasta ahora había vivido el hombre, y aunque quizá en planetas incluso peores que aquel, habían sido voluntarias y no obligadas como en este caso. Así que Alfonso no podía evitar recordar todo aquello que dejaba atrás en la Tierra: familia, amigos, amor... Todo parecía en aquel momento tan injusto, se sentía como si le estuvieran robando la vida, la capacidad de decidir, de ser libre, no era justo, definitivamente no lo era.
Pero, claro, el tiempo pasó, y poco a poco, a pesar de su oposición inicial, los nativos del primitivo planeta fueron conquistando el triste corazón del astronauta. Terminó aprendiendo sus costumbres, descubriendo que quizá fuesen más primitivos en algunas cosas, pero mucho más avanzados en otras. Terminó por encontrar la felicidad y el amor en aquel planeta, se permitió a si mismo vivir de nuevo al recordar que, como habíamos dicho, la meta no estaba al final, sino que siempre estaba donde tenía que estar y vivir lo que tenía que vivir.
Por supuesto, Alfonso sí que volvió a la Tierra después de aquella historia, pero eso es una aventura que contaremos en otro momento.
martes, 27 de septiembre de 2011
lunes, 26 de septiembre de 2011
Calor
Llevo viviendo dentro de este volcán desde hace casi siete meses. En mi casa estaba raro, incómodo, notaba algo pero no sabía qué era, hasta que un día por fin me di cuenta: tenía frío, tenía mucho frío. Mi piso tenía calefacción central, así que a lo mejor el portero todavía consideraba que no era época para ponerla en marcha, pero es que yo tenía mucho frío, por lo que me compré un radiador de esos con ruedas y lo puse a todo trapo. Me lo llevaba a todos lados, al salón, al dormitorio, al baño, a la cocina, pero realmente no acababa de subirme la temperatura. Me pasaba el día tiritando, no podía esperar a que el portero se decidiera a encender la dichosa caldera, no tuve más remedio que contratar la calefacción de Gas Natural. Me la instalaron muy rápido, de un día para otro, y con eso puesto a toda mecha y el radiador también, me bajó un poco el frío, pero todavía no lo suficiente. Finalmente, mi portero puso en marcha la calefacción central. Ni por esas, con los tres tipos de calefacción yo seguía tiritando. Decidí cambiar de país y me mudé a Bombay, porque me habían dicho que era la ciudad más calurosa del mundo. No os creeríais el frío que pasé en Bombay, y eso que me había llevado mis calefactores conmigo.
Desesperado y al borde de la congelación decidí venirme a vivir al cono de un volcán activo. Aquí dentro no se está tan mal, bajo a la civilización a cambiar mis trajes de amianto estropeados y las bombonas de oxígeno, pero poco más, porque salir de aquí me supone acabar de nuevo tiritando. Rodeado de lava líquida ya no tirito, aunque reconozco que aún no es el calor que necesito. Lo único que subía de verdad mi temperatura era el roce de su piel, pero como eso ya no es posible, estoy pensando en que la próxima vez que baje al pueblo me pillo otro calefactor.
Desesperado y al borde de la congelación decidí venirme a vivir al cono de un volcán activo. Aquí dentro no se está tan mal, bajo a la civilización a cambiar mis trajes de amianto estropeados y las bombonas de oxígeno, pero poco más, porque salir de aquí me supone acabar de nuevo tiritando. Rodeado de lava líquida ya no tirito, aunque reconozco que aún no es el calor que necesito. Lo único que subía de verdad mi temperatura era el roce de su piel, pero como eso ya no es posible, estoy pensando en que la próxima vez que baje al pueblo me pillo otro calefactor.
martes, 20 de septiembre de 2011
Midtown
Ella no lo entendía. Aquello estaba mal, el mundo se equivocaba y ella se había propuesto demostrarlo. Así que abandonó su asqueroso y minúsculo piso de alquiler, abandonó las duras calles que hasta entonces la habían mantenido y se fue a buscar a la Madre Gea. Decidió demostrar al mundo que la Naturaleza no tenía nada de sabiduría en sus acciones, que se equivocaba como un disléxico enfrentado a la lectura de una tesina.
Salió al mundo en su busca, por todos lados. Subió a los montes más altos, pensando que allí la encontraría, quizá en una especie de retiro espiritual, en alguna cueva escondida, como una prima lejana de Diógenes, en los Grandes Lagos, arropada por los bosques, en la Estepa Rusa, protegida por la fría nieve, o a lo mejor en el Sáhara, bajo el más implacable sol, o puede que en los recovecos aún vírgenes del Amazonas. No estaba en ninguno de esos lados. Recorrió los rincones más salvajes del planeta, encontró sus más bellas obras, pero la Madre Naturaleza no estaba en ninguna de ellas.
Volvió a casa derrotada y allí la encontró. Estaba literalmente tirada en un callejón, con un aspecto lamentable. Ella se acercó decidida, enfadada.
- Eres una mala pécora -fueron sus primeras palabras-.
- ¿Yo, por qué? -preguntó Gea levantando ligeramente la cabeza al notar que se dirigían a ella-.
- Todos dicen que eres sabia, pero si es así ¿por qué nos gustan las hamburguesas en lugar de las acelgas?, ¿por qué no haces que nos de asco el tabaco? -continuó ella con furia- ¿Por qué me hiciste hombre por fuera y mujer por dentro? La gente me odia por ser diferente, me desprecian, me abandonan, y todo es por tu culpa.
Gea la miró en silencio. Parecía meditabunda.
- Yo te hice perfecta -dijo al fin-, tan perfecta como las cascadas de Iguazú, como el Drago Milenario, como las selvas de Vietnam. Te hice perfecta para saber que el tabaco es malo y las acelgas buenas. Te hice perfecta para decidir quién eras y cambiar lo que no te gustara. Sois vosotros los que pervertís esa perfección con vuestro odio. Tú misma te has reído alguna vez de un gordo o una enana. Pero la perfección no está en ser todos iguales, sino en amar todas y cada una de las diferencias, porque son las que, al fin y al cabo, os hace únicos.
Salió al mundo en su busca, por todos lados. Subió a los montes más altos, pensando que allí la encontraría, quizá en una especie de retiro espiritual, en alguna cueva escondida, como una prima lejana de Diógenes, en los Grandes Lagos, arropada por los bosques, en la Estepa Rusa, protegida por la fría nieve, o a lo mejor en el Sáhara, bajo el más implacable sol, o puede que en los recovecos aún vírgenes del Amazonas. No estaba en ninguno de esos lados. Recorrió los rincones más salvajes del planeta, encontró sus más bellas obras, pero la Madre Naturaleza no estaba en ninguna de ellas.
Volvió a casa derrotada y allí la encontró. Estaba literalmente tirada en un callejón, con un aspecto lamentable. Ella se acercó decidida, enfadada.
- Eres una mala pécora -fueron sus primeras palabras-.
- ¿Yo, por qué? -preguntó Gea levantando ligeramente la cabeza al notar que se dirigían a ella-.
- Todos dicen que eres sabia, pero si es así ¿por qué nos gustan las hamburguesas en lugar de las acelgas?, ¿por qué no haces que nos de asco el tabaco? -continuó ella con furia- ¿Por qué me hiciste hombre por fuera y mujer por dentro? La gente me odia por ser diferente, me desprecian, me abandonan, y todo es por tu culpa.
Gea la miró en silencio. Parecía meditabunda.
- Yo te hice perfecta -dijo al fin-, tan perfecta como las cascadas de Iguazú, como el Drago Milenario, como las selvas de Vietnam. Te hice perfecta para saber que el tabaco es malo y las acelgas buenas. Te hice perfecta para decidir quién eras y cambiar lo que no te gustara. Sois vosotros los que pervertís esa perfección con vuestro odio. Tú misma te has reído alguna vez de un gordo o una enana. Pero la perfección no está en ser todos iguales, sino en amar todas y cada una de las diferencias, porque son las que, al fin y al cabo, os hace únicos.
martes, 13 de septiembre de 2011
El nombre
Cuando nació decidieron llamarla Soledad, en recuerdo de algún familiar ya difunto. Así que desde el mismo día que entró en el mundo debió cumplir con la obligación de llenar el hueco de amor que había dejado otra persona, con la sobrecarga de llevar un nombre que pronosticaba una vida anónima y solitaria. Soledad. ¿Quién, en su sano juicio, elige un nombre tan triste para una niña? Llamarse así era para ella como una condena, un estigma que debía llevar por el resto de su miserable vida.
Nunca quiso que usaran diminutivos de su nombre, ni apelativos cariñosos. Habían decidido que se llamaría Soledad, y así tenía que ser. Y no es que estuviese realmente sola, no, que va, siempre estuvo rodeada de gente. Familiares, vecinos, compañeros de clase, compañeros de trabajo... Pero su nombre le pesaba como una losa dura y fría. No hay nadie más solo que aquel que se siente así rodeado de gente.
Su padre le contaba cuentos para dormir cuando era pequeña, y su preferido era el de la Bella Durmiente. Se imaginaba a si misma como aquella princesa maldita. Daba igual que la escondieran, no importaba que la hubiesen apartado de la Corte y de todos los objetos punzantes, porque al final, la aguja de la rueca encontró su dedo irremediablemente. Y así creía que era su destino. Su maldición había sido llamarse Soledad, y por mucho que buscara evitarla, finalmente llegaría a ella con todo su poder. Y desde la más temprana edad decidió que nunca se enamoraría, para evitar de esa forma cualquier atisbo de vana esperanza.
Sola, sola, sola. Un alma en pena, torturada por un nombre cruel. Y entonces conoció a Justo y, a pesar de la promesa que se había hecho de niña, no pudo evitar enamorarse de él. No quería, de verdad que no quería, pero uno no controla a su corazón, uno no decide cuándo y de quién se enamora. Esas cosas simplemente pasan. Así que Soledad vivía aún más triste que antes, porque creía que Justo acabaría de destrozar su maltrecho corazón después de haberlo encendido con una fatua llama de esperanza. Le rehuía, le trataba mal, le increpaba, intentaba alejarse de él con todas sus fuerzas, pero Justo la amaba y no la dejaría escapar. Finalmente, ella cayó en sus brazos, rendida, exhausta de amor. Y entre lágrimas le contó su maldición, como la de la Bella Durmiente.
- Soledad -dijo el muchacho después de oírla-, nuestros nombres no nos definen, sino nuestras acciones. Si te empecinas en tener una vida desdichada, es lo que tendrás. Pero puedes ser tan feliz como cualquiera, si te atreves a luchar y a conquistar la felicidad. La vida está llena de rescoldos, no le añadas tú más de los que trae por si sola.
Y así fue. Soledad y Justo fueron felices, con sus más y sus menos, pero felices. Tuvieron una hija y la llamaron Esperanza. El cuento de hadas de Soledad sí que fue como el de la Bella Durmiente, porque, para ser justos, hay que decir que la princesa estuvo condenada, pero que un apuesto príncipe la salvó.
Nunca quiso que usaran diminutivos de su nombre, ni apelativos cariñosos. Habían decidido que se llamaría Soledad, y así tenía que ser. Y no es que estuviese realmente sola, no, que va, siempre estuvo rodeada de gente. Familiares, vecinos, compañeros de clase, compañeros de trabajo... Pero su nombre le pesaba como una losa dura y fría. No hay nadie más solo que aquel que se siente así rodeado de gente.
Su padre le contaba cuentos para dormir cuando era pequeña, y su preferido era el de la Bella Durmiente. Se imaginaba a si misma como aquella princesa maldita. Daba igual que la escondieran, no importaba que la hubiesen apartado de la Corte y de todos los objetos punzantes, porque al final, la aguja de la rueca encontró su dedo irremediablemente. Y así creía que era su destino. Su maldición había sido llamarse Soledad, y por mucho que buscara evitarla, finalmente llegaría a ella con todo su poder. Y desde la más temprana edad decidió que nunca se enamoraría, para evitar de esa forma cualquier atisbo de vana esperanza.
Sola, sola, sola. Un alma en pena, torturada por un nombre cruel. Y entonces conoció a Justo y, a pesar de la promesa que se había hecho de niña, no pudo evitar enamorarse de él. No quería, de verdad que no quería, pero uno no controla a su corazón, uno no decide cuándo y de quién se enamora. Esas cosas simplemente pasan. Así que Soledad vivía aún más triste que antes, porque creía que Justo acabaría de destrozar su maltrecho corazón después de haberlo encendido con una fatua llama de esperanza. Le rehuía, le trataba mal, le increpaba, intentaba alejarse de él con todas sus fuerzas, pero Justo la amaba y no la dejaría escapar. Finalmente, ella cayó en sus brazos, rendida, exhausta de amor. Y entre lágrimas le contó su maldición, como la de la Bella Durmiente.
- Soledad -dijo el muchacho después de oírla-, nuestros nombres no nos definen, sino nuestras acciones. Si te empecinas en tener una vida desdichada, es lo que tendrás. Pero puedes ser tan feliz como cualquiera, si te atreves a luchar y a conquistar la felicidad. La vida está llena de rescoldos, no le añadas tú más de los que trae por si sola.
Y así fue. Soledad y Justo fueron felices, con sus más y sus menos, pero felices. Tuvieron una hija y la llamaron Esperanza. El cuento de hadas de Soledad sí que fue como el de la Bella Durmiente, porque, para ser justos, hay que decir que la princesa estuvo condenada, pero que un apuesto príncipe la salvó.
viernes, 5 de agosto de 2011
Mi mejor yo
Mi mejor yo era un tipo estupendo.Tenía el encanto de los guapos que no saben que lo son. Tenía una personalidad arrogante con un punto de timidez que le hacía resaltar su belleza y una mirada penetrante que parecía saber todo sobre la persona en la que se clavaba. Era casual, inconsciente, y caótico en su vestir, porque parecía no importarle lo que los demás pensaran de su persona. Era capaz de dormir nueve o diez horas seguidas (con pequeños intervalos de cinco minutos, secuelas de una infancia de alergia asmática) y se levantaba estupendo, de buen humor, deseoso de ver lo que el mundo le ofrecía cada mañana. Siempre salía bien en las fotos, a pesar de lo desastroso que estuviera, porque cuando la gente veía la imagen sólo era capaz de fijarse en sus ojos llenos de vida.
Mi mejor yo se alimentaba correctamente. Comía cosas a la plancha y generosas ensaladas, pero tenía un punto de gula que compensaba los fines de semana con alguna pizza o hamburguesa. Hacía deporte regularmente, porque le atraía aquel pensamiento latino de "Mens sana in corpore sano" y dedicaba mucho tiempo de su entrenamiento a estirar todos los músculos de su cuerpo llegando a tener una elasticidad más que digna.
Mi mejor yo gustaba de aprender siempre cosas nuevas. Devoraba libros por el simple placer de saber, disfrutaba de la música, los idiomas, las novelas, las matemáticas, los hallazgos científicos y las cuestiones humanas, porque sabía que al final todo se reducía a eso, a saber cómo son las personas y porqué.
Mi mejor yo confiaba en la gente de su entorno. Mostraba un cinismo inocente, falso por propia definición, porque en realidad pensaba que todos querían lo mismo: un mundo mejor que el que nos encontramos al llegar. Era voluntario en diferentes ONGs y se sentía bien ayudando a los demás en lo que podía. Una vez le hicieron una carta astral de esas y en ella le decían que había venido a este mundo para enseñar a las personas a quererse a si mismas. En lugar de reirse de semejante estupidez, mi mejor yo encontró que esa era la misión más bonita del mundo.
Mi mejor yo era enamoradizo. Era capaz de hallar el amor hasta debajo de las piedras. Todas las semanas le rondaba alguna persona por la mente y jugueteaba con la idea de que aquella vez fuera para siempre. Porque mi mejor yo se enamoraba para siempre cada vez.
Le echo de menos. Yo no soy capaz de dormir más de cinco horas seguidas. No sé en qué momento de esta larga carrera me abandonó, pero en el fondo no pierdo la esperanza de que vuelva conmigo. Y eso me hace tener fe. Porque el no perder nunca la esperanza era un rasgo de mi mejor yo y no mío.
Mi mejor yo se alimentaba correctamente. Comía cosas a la plancha y generosas ensaladas, pero tenía un punto de gula que compensaba los fines de semana con alguna pizza o hamburguesa. Hacía deporte regularmente, porque le atraía aquel pensamiento latino de "Mens sana in corpore sano" y dedicaba mucho tiempo de su entrenamiento a estirar todos los músculos de su cuerpo llegando a tener una elasticidad más que digna.
Mi mejor yo gustaba de aprender siempre cosas nuevas. Devoraba libros por el simple placer de saber, disfrutaba de la música, los idiomas, las novelas, las matemáticas, los hallazgos científicos y las cuestiones humanas, porque sabía que al final todo se reducía a eso, a saber cómo son las personas y porqué.
Mi mejor yo confiaba en la gente de su entorno. Mostraba un cinismo inocente, falso por propia definición, porque en realidad pensaba que todos querían lo mismo: un mundo mejor que el que nos encontramos al llegar. Era voluntario en diferentes ONGs y se sentía bien ayudando a los demás en lo que podía. Una vez le hicieron una carta astral de esas y en ella le decían que había venido a este mundo para enseñar a las personas a quererse a si mismas. En lugar de reirse de semejante estupidez, mi mejor yo encontró que esa era la misión más bonita del mundo.
Mi mejor yo era enamoradizo. Era capaz de hallar el amor hasta debajo de las piedras. Todas las semanas le rondaba alguna persona por la mente y jugueteaba con la idea de que aquella vez fuera para siempre. Porque mi mejor yo se enamoraba para siempre cada vez.
Le echo de menos. Yo no soy capaz de dormir más de cinco horas seguidas. No sé en qué momento de esta larga carrera me abandonó, pero en el fondo no pierdo la esperanza de que vuelva conmigo. Y eso me hace tener fe. Porque el no perder nunca la esperanza era un rasgo de mi mejor yo y no mío.
Indignado
La Puerta del Sol estaba acordonada por la policía, los helicópteros no paraban de revolotear alrededor, como sabuesos que buscan a su presa. La gente estaba asustada, desorientada, hacía ya muchos años que la dictadura había acabado, así que el estado de sitio les quedaba a todos un poco lejos, la mayoría ni siquiera sabía lo que eso era. Unos pocos valientes se acercaban a los alrededores del centro de la capital, ansiosos, frustrados ante lo que consideraban injusto, luchando por su propia libertad y la de sus congéneres. Luego estaban otros, que incluso inicialmente estaban de acuerdo con el movimiento revolucionario, que habían decidido que ya estaba bien de jaleo, y que la policía hacía bien en desalojar a aquellos que no hacían más que estorbar y pertubar a las personas. Y en estas estaban todos, revolucionados, revolucionando, cuando Dios apareció en medio de la mismísima Puerta del Sol.
Estaba callado, como meditando, vestía una ropa muy normal, así como tirando a rollo tiradillo, hippie, incluso pelín perro-flauta, si no fuera por la fuerza que emanaba, nadie se hubiese dado cuenta de quién era. Pero no había duda, era Dios, el supuesto creador de todo lo que existe. El silencio se hizo casi eterno, hasta que por fin, él mismo decidió hablar. Cuando lo hizo todo el mundo escuchó, y cuando digo todo el mundo, me refiero a todo el planeta. ¿Qué cómo pudo? Fácil, era Dios.
- ¿Os habéis vuelto locos? -fue lo primero que salió de su boca- Os doy un planeta para vivir, para que lo hagáis vuestro propio paraiso, os dejo una infinidad de maravillas, paisajes, alimentos, plantas, animales, os lo doy todo para ser felices y la libertad para hacer lo que considereis conveniente, y vosotros vais y le dais el poder a cuatro sinvergüenzas que están destrozando vuestras vidas y el propio planeta.
Silencio.
Ahora resulta -continuó-, que vienen unos señores que dicen que hablan en mi nombre y vosotros les seguís a pies juntillas sin decir ni esta boca es mía. ¿Para qué os he dado yo un cerebro? O sea, que envío a mi hijo a que nazca en la familia más pobre y que predique el amor, y estos aparecen ahora, gastando fortunas en vivir como reyes, amasando dinero y poder como si fueran los únicos que vivieran en el mundo, y vosotros creéis que hablan en mi nombre. ¿Sois imbéciles?
Silencio.
-¿Creéis que si ese Papa creyera en mi haría las barbaridades que hace? Deciden que el sexo es sólo para procrear y condenan a un continente como África a morir antes que a usar preservativos, porque es la palabra de Dios. ¿No os enseñé que la palabra de Dios era Amor? ¿No os dije que os amarais los unos a los otros? ¿Acaso sois más felices viendo cómo este señor se lo queda todo? ¿Pero no veis cómo la gente se muere de hambre mientras aquí se gasta el asqueroso dinero para que él venga y os liais a pelearos todos por su simple visita?
Silencio.
- Tenéis que acabar con esto de una vez. Tenéis que tomar las riendas de vuestra vida. Sé que es más fácil dejarse llevar, que otros tomen las decisiones, pero ya es tiempo de que esto acabe, de que seáis responsables de vuestra propia vida, porque es vuestra y nadie la va a vivir por vosotros. Haced lo que debéis hacer y dejad de poner vuestras almas en manos de quien no la tiene. Sed libres, que es el mayor regalo que os he dado. Y recordad una cosa: Amar nunca es pecado.
Y con este último mensaje, desapareció.
Estaba callado, como meditando, vestía una ropa muy normal, así como tirando a rollo tiradillo, hippie, incluso pelín perro-flauta, si no fuera por la fuerza que emanaba, nadie se hubiese dado cuenta de quién era. Pero no había duda, era Dios, el supuesto creador de todo lo que existe. El silencio se hizo casi eterno, hasta que por fin, él mismo decidió hablar. Cuando lo hizo todo el mundo escuchó, y cuando digo todo el mundo, me refiero a todo el planeta. ¿Qué cómo pudo? Fácil, era Dios.
- ¿Os habéis vuelto locos? -fue lo primero que salió de su boca- Os doy un planeta para vivir, para que lo hagáis vuestro propio paraiso, os dejo una infinidad de maravillas, paisajes, alimentos, plantas, animales, os lo doy todo para ser felices y la libertad para hacer lo que considereis conveniente, y vosotros vais y le dais el poder a cuatro sinvergüenzas que están destrozando vuestras vidas y el propio planeta.
Silencio.
Ahora resulta -continuó-, que vienen unos señores que dicen que hablan en mi nombre y vosotros les seguís a pies juntillas sin decir ni esta boca es mía. ¿Para qué os he dado yo un cerebro? O sea, que envío a mi hijo a que nazca en la familia más pobre y que predique el amor, y estos aparecen ahora, gastando fortunas en vivir como reyes, amasando dinero y poder como si fueran los únicos que vivieran en el mundo, y vosotros creéis que hablan en mi nombre. ¿Sois imbéciles?
Silencio.
-¿Creéis que si ese Papa creyera en mi haría las barbaridades que hace? Deciden que el sexo es sólo para procrear y condenan a un continente como África a morir antes que a usar preservativos, porque es la palabra de Dios. ¿No os enseñé que la palabra de Dios era Amor? ¿No os dije que os amarais los unos a los otros? ¿Acaso sois más felices viendo cómo este señor se lo queda todo? ¿Pero no veis cómo la gente se muere de hambre mientras aquí se gasta el asqueroso dinero para que él venga y os liais a pelearos todos por su simple visita?
Silencio.
- Tenéis que acabar con esto de una vez. Tenéis que tomar las riendas de vuestra vida. Sé que es más fácil dejarse llevar, que otros tomen las decisiones, pero ya es tiempo de que esto acabe, de que seáis responsables de vuestra propia vida, porque es vuestra y nadie la va a vivir por vosotros. Haced lo que debéis hacer y dejad de poner vuestras almas en manos de quien no la tiene. Sed libres, que es el mayor regalo que os he dado. Y recordad una cosa: Amar nunca es pecado.
Y con este último mensaje, desapareció.
¿FIN?
lunes, 1 de agosto de 2011
Ecos de amor
Orlando no estaba loco, ni era tonto ni nada por el estilo. Lo único que ocurría es que llevaba demasiado tiempo solo en aquella montaña. En un principio, había sido él mismo quién había decidido alejarse del bullicio, de la hipocresía y de la falta de humanidad de las ciudades, y se había refugiado en aquel caserón apartado de cualquier signo de civilización. Y eso estuvo bien durante un tiempo. Aquello era un paraíso de paz y de armonía lleno de olores, colores y sabores que jamás podrían atravesar la crueldad de los edificios, ni los agresivos humos que envolvían a las grandes urbes. Pero con el paso del tiempo, la necesidad de comunicación se fue abriendo paso por entre las diferentes maravillas que le rodeaban, hasta que un día se le ocurrió un juego tonto: comunicarse con el eco de la montaña.
- Hooooolaaaaaaa -gritaba por las mañanas al borde del abismo.
- ...olaaaaaaaaa -le respondía el eco con suavidad.
- Buenoooos díaaaaaaas -deseaba Orlando a su eco.
- ...uenoooos díaaaaas -contestaba el otro con el mismo entusiasmo.
Poco a poco, el hombre fue desarrollando aquel juego y sin darse cuenta, profundizando en su relación con el eco, el cuál no sólo parecía escucharle, sino que había encontrado en él, un alma gemela, alguien que sentía las mismas pasiones, que vivía los mismos sueños. Así que no fue de extrañar que Orlando acabara por enamorarse del eco perdidamente.
- Te quierooooooooo -gritó por fin un día, un poco asustado ante la posibilidad del rechazo.
- ...e quierooooooooo -admitió el eco con idéntica pasión.
Le quería, su eco le quería. Orlando se sintió el hombre más afortunado de la tierra. No tenía otro pensamiento en el día que el de pasar el máximo tiempo al borde del abismo, para disfrutar de la compañía de su maravilloso amor.
- Te quieroooooooo.
-Yo también.
Orlando se asustó al escuchar aquella respuesta, pero al girarse vio a Marisa, la novia que su antiguo yo había tenido en la ciudad. Estaba plantada ante él, con aspecto decidido.
- Como no regresabas, he venido a buscarte -dijo al fin.
- Lo siento, llegas tarde -confesó él-, he dado todo mi amor al eco, y sólo a él pertenece mi corazón.
- Ya lo he oído -admitió ella-, ¿y cómo es eso posible?
- El eco me quiere, siempre me escucha, no se enfada conmigo, comparte mis sentimientos y también mis pensamientos. Mi eco me quiere, mira: Te quieroooooooo!!!
- ...e quierooooooo!!!
- ¿Lo ves?
- Bueno, puede que yo me enfadara contigo, que no siempre te diera la razón, que a veces incluso no te escuchara, pero ¿sabes qué? cuando yo te decía "Te quiero" lo hacía con todas las letras.
- Hooooolaaaaaaa -gritaba por las mañanas al borde del abismo.
- ...olaaaaaaaaa -le respondía el eco con suavidad.
- Buenoooos díaaaaaaas -deseaba Orlando a su eco.
- ...uenoooos díaaaaas -contestaba el otro con el mismo entusiasmo.
Poco a poco, el hombre fue desarrollando aquel juego y sin darse cuenta, profundizando en su relación con el eco, el cuál no sólo parecía escucharle, sino que había encontrado en él, un alma gemela, alguien que sentía las mismas pasiones, que vivía los mismos sueños. Así que no fue de extrañar que Orlando acabara por enamorarse del eco perdidamente.
- Te quierooooooooo -gritó por fin un día, un poco asustado ante la posibilidad del rechazo.
- ...e quierooooooooo -admitió el eco con idéntica pasión.
Le quería, su eco le quería. Orlando se sintió el hombre más afortunado de la tierra. No tenía otro pensamiento en el día que el de pasar el máximo tiempo al borde del abismo, para disfrutar de la compañía de su maravilloso amor.
- Te quieroooooooo.
-Yo también.
Orlando se asustó al escuchar aquella respuesta, pero al girarse vio a Marisa, la novia que su antiguo yo había tenido en la ciudad. Estaba plantada ante él, con aspecto decidido.
- Como no regresabas, he venido a buscarte -dijo al fin.
- Lo siento, llegas tarde -confesó él-, he dado todo mi amor al eco, y sólo a él pertenece mi corazón.
- Ya lo he oído -admitió ella-, ¿y cómo es eso posible?
- El eco me quiere, siempre me escucha, no se enfada conmigo, comparte mis sentimientos y también mis pensamientos. Mi eco me quiere, mira: Te quieroooooooo!!!
- ...e quierooooooo!!!
- ¿Lo ves?
- Bueno, puede que yo me enfadara contigo, que no siempre te diera la razón, que a veces incluso no te escuchara, pero ¿sabes qué? cuando yo te decía "Te quiero" lo hacía con todas las letras.
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