lunes, 20 de febrero de 2012

Limosna de amor

Nicanor era un vagabundo de lo más extraño. Todos los días aparecía a media tarde en la plaza del pueblo, con un viejo estuche y una destartalada silla de playa. Entonces se sentaba tranquilamente, y sacaba su trompeta del desgastado estuche. A pesar de la edad del instrumento, casi tanta como la que tenía el propio Nicanor, aún conservaba algo del resplandor de su glorioso pasado. El anciano le pasaba al instrumento un pañuelo con delicadeza por todos y cada uno de sus recovecos y pistones. Cuando por fin estaba listo, entonces tocaba. Era una melodía hermosa, cálida, llena de amor. Cuando la gente la escuchaba, no podían evitar parar un momento sus corazones para disfrutarla. Los amantes entrelazaban las manos, los padres abrazaban a sus pequeños, los primerizos se rozaban tímidamente con las puntas de los dedos. Entonces, cuando la canción terminaba, Nicanor volvía a guardar la trompeta, recogía la sillita y abandonaba la plaza. Y así todos los días, desde hacía ya casi cincuenta años.
alguna vez hubo alguien que intentó darle una limosna, porque en honor a la verdad, hay que decir que el pobre viejo tenía más bien pinta de vivir en la calle y de la caridad, pero Nicanor siempre se negó a aceptar ni una sola moneda, ni tampoco alimento alguno. Y cuando le preguntaban que qué era entonces lo que quería, lo que necesitaba, el siempre decía lo mismo: lo único que quiero es amor.
Aquello era muy extraño. Las personas no van por ahí regalando amor a cualquier desconocido, y menos a un anciano con pinta de pordiosero, así que ante su respuesta, todos le sonreían y se marchaban discretamente. Nadie lo entendía, como tampoco había quién entendiera que siempre tocara la misma melodía y que siempre lo hiciera delante de aquella  casa cerrada y medio derruída de la plaza.
Ella se llamaba Gregoria, pero el nombre no le hacía justicia. Nicanor no pudo pensar en nada más desde el primer día en que sus ojos se cruzaron, pero él era incapaz de decirle nada, no creía que tuviese alguna posibilidad con una mujer tan hermosa, tan inteligente, tan infinitamente perfecta. Atormentado por su propio amor, le compuso aquella sobrecogedora canción, pero por supuesto no se atrevió a tocarla para ella. Simplemente, se sentó frente a la fachada de su casa, y la tocó. Y a la siguiente jornada volvió a hacer lo mismo, y a la otra, y a la otra... Gregoria, sin apenas saber de su existencia, vivió una vida plena. Se casó, tuvo hijos, nietos, se quedó viuda y finalmente murió, y durante todos esos días de su hermosa vida, le acompañó la hermosa melodía de Nicanor.
Hacía ya años que ella había abandonado este mundo, pero el viejo trompetista seguía acudiendo fiel a su cita, mendigando amor. Finalmente, una chica salió de la casa mientras él tocaba y se le acercó.
- Hola -dijo tímidamente-, soy la dueña de la casa. He venido a recoger un par de recuerdos porque la vamos a echar abajo, y me he encontrado esta nota de mi abuela. Creo que es para usted.
Nicanor tomó la nota tembloroso, sacó las gafas de vista y se las colocó.
"Nicanor, quería darle las gracias por todas las tardes musicales que me ha proporcionado desde hace tantos años. Siempre he esperado que viniese usted a hablar conmigo, antes de que mi Andrés viniera a pedir mi mano, y después de que nuestro bendito Dios decidiera llevárselo con él. Pero ahora ya me he hecho a la idea de que usted no se atreverá a verme. Así que no me quiero ir sin despedirme y darle las gracias por tanta felicidad que me ha proporcionado y por tanta otra que quizá en otro mundo pudo haber sido. Le deseo la mayor de las alegrías en su vida y todo el amor que a mi no me ha permitido regalarle. Que Dios le bendiga".
Dos amargas lágrimas cayeron sobre el papel, pero el anciano las secó rápidamente, y guardó la nota con todo el cuidado del mundo. Y al día siguiente volvió a su sitio, a tocar, y al otro, y al otro, hasta que un día ya no volvió más, y todo el pueblo pareció sumirse en un melancólico silencio.

lunes, 30 de enero de 2012

El corazón cantarín

Todo el mundo pensaba que Mario era un chulillo, de esos que se hacen los chicos duros para que todas las chavalas acaben como locas detrás de ellos. Pero esto no era cierto, en realidad, Mario era muy poco consciente de su atractivo, y lo que la gente consideraba chulería era más bien despiste y una autoestima un poco tocada. A priori nadie podría creer esto, porque era un tipo realmente guapo, pero son cosas que pasan, una infancia difícil puede hacer mella hasta en la cara más bonita. Así que desde pequeño, el chaval aprendió que lo mejor era pasar desapercibido. Que nadie se fijara en él era la forma ideal de evitar los problemas. Ya de niño empezó a usar su mejor cara de apático cuando las vecinas y demás alababan su belleza y cuando se convirtió en un adolescente guaperas y todas las chicas le miraban al entrar en los sitios, aprendió a mirar hacia el infinito mientras se movía entre todos, para evitar cualquier tipo de contacto visual. Finalmente, esto se convirtió en un hábito tal que un día, Mario olvidó el motivo por el que se había alejado tanto del resto del mundo. Y lo que realmente era una autoestima dañada, él terminó por acuñarlo como un "despiste incurable".
Los problemas empezaron el mismísimo primer día de trabajo. Era verdad que estaba nervioso, la entrada al mundo laboral (el de verdad, no esas cosas que haces en verano para ganarte unas pelillas) es el paso definitivo para entrar en la edad adulta, así que es normal que te sientas un poco inquieto. Pero lo cierto es que todo se estaba desarrollando bien en la oficina, hasta que apareció Elsa para pedirle que preparara unos documentos para nosequé presentación. Él no pensó nada en concreto, simplemente le sonrió y se dispuso a preparar lo que le había pedido la otra. Y en aquel momento sonó la canción. Al principio era algo muy bajito, casi inaudible, de forma que a Mario le pareció el típico zumbido que se te pone en los oídos, pero poco a poco, aquello fue subiendo de tono, hasta que se empezó a distinguir una cursi canción de amor. El chico desconocía por completo la fuente de aquella voz, no tenía ninguna radio cerca y en el ordenador no tenía puesta ninguna música. El sonido se fue haciendo cada vez más fuerte, y Mario puso su despacho patas arriba en busca del origen de la dichosa canción. Cuando ya no quedaba ningún rincón por registrar, de repente, el chaval se dio cuenta de que el sonido provenía de su interior. Era su corazón el que cantaba aquella empalagosa canción. Y tan pronto como había comenzado, paró.
Aquellole sumió en un mar de dudas, pero terminó por dejarlo como algo anecdótico. Al día siguiente, llevó los documentos al despacho de Elsa, y justo cuando entró, empezó a oír el ligero soniquete de la puñetera canción. Casi le lanzó los papeles a la mesa y salió despavorido a encerrarse en su propio despacho hasta que su corazón terminó de cantar. Y esto fue lo que pasó cada día cuando Elsa entraba en su radio de acción. No acababa de verla cuando ya su corazón se ponía a cantar como un loco, y al pobre Mario no le quedaba más remedio que huír despavorido. Su vida en la oficina se convirtió en un infierno, así que se fue al médico y pidió una baja por depresión. No podía volver a ese sitio, no podía volver a ver a Elsa.
Al quinto día de estar en casa ocioso, ansioso, hecho un asco, sonó el timbre de la puerta. El chico ni siquiera echó un vistazo y abrió la puerta, pensando que era su madre, que previamente le había amenazado con visitarle.
- Hola, Mario, me han dicho en la oficina que estabas enfermo y he pensado que quizá necesitarías algo...
Allí estaba ella, de pie, frente a él, dejándole sin escapatoria. Su corazón comenzó a cantar.
- Esa canción -dijo Elsa-, la he escuchado antes...
 El pobre Mario, avergonzado y sin tener a dónde ir, se llevó las manos al pecho en un futil intento de acallar a su cantarín corazón, que ya para entonces, berreaba como un loco. En aquel momento, lo único que quería era que el suelo se abriera y se lo tragara enterito, o arrancarse el corazón y lanzarlo lejos, como si fuera una granada.
Entonces, Elsa le agarró suavemente las manos y se las apartó del pecho.
- Déjale que cante,  me parece que ya le has obligado demasiado tiempo a estar callado. Y esta es la canción más hermosa que me han cantado jamás.
Por primera vez, Mario la miró directamente a los ojos y entonces vio la mujer más hermosa del mundo. Y esto mientras escuchaba la más bella canción de amor.

martes, 3 de enero de 2012

No me olvides

Lo de la memoria de Carmen comenzó poco a poco, de esas cosas que al principio no das importancia: el no saber qué día de la semana era, el nombre de un primo lejano, loa enseres de la compra... Cosas típicas de la edad, pensaba Gerardo, que ya eran muchos años a la espalda y que uno se olvide de esas tonterías pues es lo más normal del mundo. Pero lo cierto es que su memoria fue a peor, hasta que un buen día, Carmen olvidó quién era Gerardo.
Que el amor de tu vida, con el que has pasado casi sesenta años, de repente no sea capaz de reconocerte es un golpe demasiado duro, es como que te arrancan una parte de ti mismo, porque tus recuerdos no son de ti solamente, sino que son recuerdos de dos y si uno de ellos los olvida, es como si jamás hubiesen existido. Así que Gerardo no iba a permitir que su vida desapareciera, porque puede que no fuese la mejor vida del mundo, pero era la suya, la suya y la de su mujer, y había sido una buena vida. Si todos los pretendientes que la habían rondado no le echaron para atrás cuando eran jóvenes, una enfermedad estúpida no lo iba a hacer ahora. Así que Carmen no le recordaba, ¿verdad? pues entonces, lo que tendría que hacer era volver a enamorarla, tampoco sería tan difícil, porque ella no sabría quién era él, pero él la conocía perfectamente a ella.
La mujer estaba sentada en el comedor de su casa cuando apareció su marido. Gerardo llevaba el traje de los domingos y un ramo de Nomeolvides, las flores favoritas de ella.
- Buenos días, señorita -dijo él acercándose a ella-, ¿me permite acompañarla en este ratito?
- Oh, me encantan estas flores -dijo ella a modo de respuesta-. ¿Es usted de por aquí?
- De aquí al lado -Gerardo puso el cd en el reproductor como le había explicado su nieto Antonio-, ¿le parecería un atrevimiento si le pido que baile conmigo?
- Recuerdo esta canción, era mi preferida...
Carmen se dejó levantar, tomada de la mano, con los ojos brillantes y ligeramente ruborizada. Mientras bailaban, ninguno de los dos pudo apartar la vista del otro. Y así estuvieron un buen rato, disfrutando de su compañía mutua como si fuera la primera vez, para ella porque no recordaba las anteriores, para él porque era todo como cuando se conocieron.
- Dígame, señorita -dijo él al final de la cita-, ¿me concedería el honor de poder visitarla de nuevo mañana?
- Me encantaría, caballero -respondió ella emocionada-, pero no sé si le voy a recordar, últimamente no sé dónde tengo la cabeza.
- No se preocupe, no tiene usted que recordar nada, ya lo haré yo por los dos.
Y así, todos los días, Carmen y Gerardo tenían de nuevo su primera cita.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Ildefonso


Lo siento, doctor, pero he tenido otra recaída. Claro, que supongo que es normal, siendo hoy el día del sorteo del gordo de navidad. Sí, ya se que hace una semana parecía tenerlo todo controlado, pero en cuanto he salido hoy a trabajar y he visto a todo el mundo viendo el sorteo, escuchando la radio, esas voces chillonas, desafinadas, con la cantinela contínua. Pues nada, que me he lanzado contra la gente gritando y tirándolo todo por los suelos. Al final ha venido la policía y, bueno, el resto ya lo sabe.
Es que no puedo evitarlo, doctor, es oír esas voces y me acuerdo de la mía propia. Mi vida ha sido un infierno por culpa de ese maldito sorteo. Mi padre me puso Ildefonso al nacer, y me preparó desde la más tierna infancia para que fuese un maldito niño de San Ildefonso, valga la redundancia. Porque al parecer, antes los dichosos niños eran unos huérfanos que una vez al año encontraban la posibilidad de ser queridos, aunque solo fuera por el maldito interés, que incluso alguno fue adoptado por haber cantado el premio gordo. Así que todos los huerfanitos soñaban con ser un niño de San Ildefonso, y los pobres desgraciados que vivían en ese colegiucho de tres al cuarto pasando penurias durante todo el año, al llegar la navidad se sentían especiales. Pero luego ya se abrió la veda, cuando el colegio abrió las puertas para niños con padres. Así que mi progenitor pensó que si me ponía el nombre del santo y me metía a estudiar en ese colegio, a la suerte no le iba a quedar más remedio que concederle el premio a él. Me puso en clases particulares de dicción y entonación, para que tuviera cierta ventaja sobre los demás a la hora de ser elegido. Yo estaba más preparado que ninguno, y mi padre ya se veía en las Bahamas, con el billete de lotería en la mano.
Y me eligieron, vaya que si me eligieron. Yo entré a formar parte de los niños de la lotería el 22 de diciembre del año 2002. Que si no lo recuerda, ya se lo digo yo, fue el año que empezó a hacerse el sorteo en euros. Aquello fue un desastre sin precedentes, yo toda la vida ensayando aquello de "cientocincuentamiiiiiiiiiil peseeeetaaaaaasss", que me sabía la cantinela desde que tenía tres años, y de pronto nos sueltan aquellas cifras imposibles, con la misma musiquilla, que era imposible de meter, que ni siquiera tenía la misma cantidad de sílabas. Lo que le digo, un desastre, mi padre no me habla desde entonces. Y a mí, cada vez que oigo el sorteo en euros, me dan ganas de sacar una escopeta recortada y liarme a tiros. Que total, la gente se gasta una pasta gansa en el maldito gordo de navidad cuando con un euro se pueden ganar mucho más con la primitiva, y encima los números los dicen unas tías buenorras que ni gritan ni nada.

martes, 20 de diciembre de 2011

Ángulos

El caleidoscopio fue el regalo de Santi cuando cumplió los cuatro años. Sus padres le habían regalado también un camión de bomberos y sus tíos una pistola dorada, pero nada de aquello pudo hacer la más mínima competencia al mágico cilindro y sus fascinantes imágenes. Santi pasaba horas y horas mirando a través de aquel tubo, girándolo y girándolo, descubriendo cada vez una nueva combinación maravillosa, hipnótica. Llevaba el caleidoscopio consigo a todas partes, y como la profesora no se lo dejaba ver en clase, esperaba ansioso a la hora del recreo para poder volver a jugar con él. Poco a poco se fue aislando del resto de niños, y la cosa no fue sino a peor, porque a medida que se fue haciendo mayor su fascinación por el objeto fue creciendo con él. Aprendió a construirlos, de tal forma que podía ir cambiándolos y usándolos de diferentes maneras. Inventó uno con letras, y con su ayuda escribió los más hermosos y estrambóticos poemas. Hizo otro con partes de animales, y de él surgieron las más fantásticas criaturas que poblaron su universo imaginario. Hubo un tercero que unía notas musicales, y pudo con esto componer bellas melodías que deleitaban sus oídos y le llenaban de paz interior. Con cada caleidoscopio, Santi construía una realidad diferente, un mundo de fantasía donde todo era posible, lleno de objetos brillantes, máquinas vivas y animales imposibles. Ver la vida a través de aquellos cristales se convirtió en una verdadera obsesión, ya la idea de ver las cosas en tres simples dimensiones le resultaba terriblemente obsoleta y aburrida, así que terminó por construir un último caleidoscopio en forma de gafas de cristales de colores, de forma que ya no tendría que separarse en ningún momento de su pasión. Por fin vería el mundo como lo imaginaba en su propia cabeza. Caminaba por las calles observándolo todo con verdadero interés, de repente, las fachadas resultaban muchísimo más interesantes, los bancos, las papeleras, las farolas, todo tenía ahora un toque especial, un punto distinto. Y absorto como estaba en esto, se tropezó con Cristina. Cuando recuperó el sentido después del gran empujón se acercó a ella para pedirle disculpas y entonces se maravilló de su belleza, la estudió como hacía con todo, desde todos los ángulos posibles, puede que realmente no fuera la mujer más hermosa del mundo, pero sí lo era de su mundo, era perfecta en su conjunto, caleidoscópicamente perfecta.
- Toma -dijo ella rompiendo su ensimismamiento-, se te ha caído esto.
La chica llevaba en sus manos las gafas de caleidoscopio, que con el golpe habían salido volando. Santi había estado admirando su belleza tal cual era, sin los añadidos de sus cristales, simple y pura tercera dimensión. Y comprendió que maquillar la realidad es bonito, pero que es mucho más bonito disfrutarla tal cual es, porque quizá tardes más en encontrar su belleza, pero cuando la encuentras es de verdad, y no desaparecerá al quitarte las gafas de caleidoscopio.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Primer aniversario

Pues hoy hacemos nada más y nada menos que un año en este blog, y con la friolera de (ahora mismo mientras escribo) 19.149 visitas!!! Es increíble, de verdad. Cuando empecé este rincón de "2 minutos" fue más que nada por un imperativo de mis amiguetes, que leían mis cuentos en el facebook y me daban el coñazo todo el santo día para que creara un blog, un mundillo que yo desconocía por completo. Finalmente, me decidí a hacerlo, lo intenté un par de veces (soy un poco nulo para estas cosas) y lo conseguí tal día como hoy hace ya un año enterito.
He optado por no escribir ninguna de mis rarunas, simplemente unas pocas palabras para agradeceros a todos los que sé que me leéis, y a los que no os conozco (gente de un montón de países, lo que me parece increíble), aún más si cabe (bueno, igual, que luego los q sí conozco se enfadan y esos me pueden pegar y todo).
El caso es que este se ha convertido en un rincón muy especial para mí, un sitio donde a veces estoy triste, a veces alegre, a veces ingenioso y a veces melancólico, pero donde siempre soy yo. Porque soy yo en cada uno de mis fugaces 2 minutos, ellos son mi alma, mi pensamiento, en definitiva, mi forma de ver el mundo. Gracias por dejarme compartirlo con vosotros durante este intenso año, y espero que sigais ahí en los tiempos venideros.
PD: he reconfigurado el blog para que podáis opinar todos los que queraís hacerlo, ya se puede escribir libremente, y si teneis preguntas o peticiones, serán todas bienvenidas ;-)

jueves, 1 de diciembre de 2011

La barrera

Tengo Sida. Supongo que no tengo que explicar la diferencia entre VIH y Sida a estas alturas, así que no me he equivocado al escribir, tengo Sida. Adivino que al leer estas primeras líneas ya te has hecho una idea de mi vida. pues te equivocas. Soy mujer, heterosexual, de cuarenta y nueve años, casada y con un hijo. Ahora te habrás hecho una nueva idea de todo, pues también te equivocas, no me he acostado con nadie ni mi marido ha sido infiel. Todo fue hace mucho tiempo, cuando todavía no tenían muy claro cómo se transmitía el virus, y me hicieron una transfusión de sangre contaminada, así de simple. Si, como dicen algunos, esta enfermedad (o síndrome o lo que quieran llamarle) es un castigo de Dios, entonces, Dios va a tener que revisar sus papeles, porque algo no le ha salido del todo bien.
El caso es que estuve mucho tiempo sin saber que tenía el VIH, porque lo tenía antes incluso de tener a mi hijo. Y por alguna condescendencia divina, el niño nació limpio, los médicos ni siquiera saben explicar cómo, pero yo no me quejo, claro. Nada me hacía pensar que habría algún motivo por el cual yo podría adquirir el dichoso virus, por lo que jamás se me ocurrió hacerme las pruebas. Quizá si lo hubiese sabido antes, podría haber tenido más cuidado y se habría desarrollado más tarde. Pero con quizás no se escribe la historia, ¿verdad?
Es duro tener Sida. No es como antes, quiero decir, nuestra calidad de vida es mucho mayor, ya no tenemos que tomar mil medicamentos al día que te destrozan el cuerpo y la mente, pero eso no es lo realmente duro. Lo insoportable es que es una enfermedad que ataca al amor, justo donde más te duele. A estas alturas sé perfectamente cómo se transmite el VIH, en casa tomamos todas las precauciones para evitar que mi marido y mi hijo se contagien. Ellos me cuidan, me miman, me tocan sin ningún pudor, me quieren sin reservas, pero yo no puedo. Aunque mi cerebro sabe lo que tiene que hacer para que a los míos no les pase nada, mi corazón nunca olvida lo que llevo dentro, y esto crea una barrera que me impide disfrutar del contacto de mis seres queridos. Es tan horrible sentir rechazo cuando mi hijo me abraza, cuando mi marido me besa en los labios... Pero no lo puedo evitar, me siento aislada, como si el antiguo telón de acero se hubiese levantado a mi alrededor y me dejase dentro, atrapada, sola, desamparada.
Esta es la tercera neumonía que tengo. Sé que la cosa va a peor, no me engaño. Los médicos me dicen que no pierda la esperanza, que cada día aparecen nuevos remedios, revolucionarios fármacos, que algún día se encontrará la cura definitiva. Pero yo sé que no es verdad. Si las empresas farmacéuticas hubiesen querido encontrar una cura ya lo hubiesen hecho. O sea, ya hemos salido al espacio exterior, tenemos decodificado el código genético y hasta existen robots del tamaño de una mosca, ¿y no podemos encontrar una cura para combatir un simple virus? No, todo es dinero. Así de simple. Las multinacionales de los fármacos prefieren cronificar una enfermedad antes que curarla, les resulta mucho más rentable. Y yo, mientras tanto, moriré con miedo a tocar a mi propio hijo.