viernes, 4 de noviembre de 2011

La despedida

Fran entró en el piso en silencio. Estaba oscuro, no había nadie. Así era mejor. Encendió la luz del pasillo y arrastró los pies hasta la entrada del salón. Al dar al interruptor, observó que había demasiada luz. Habían quitado la lámpara. Solo quedaba una bombilla pelada, triste y sola, que alumbraba con cruda luz, apartando las tímidas sombras. Las cajas se apilaban por entre los muebles, cada una de ellas con una pequeña nota escrita con rotulador permanente indicando el contenido de su interior.
Los dos sofás estaban libres, pero Fran se sentó en el suelo y se dispuso a comer. Había comprado un kebab de cordero en la esquina, donde siempre. El dueño ya le conocía perfectamente y sabía lo que él pedía cada vez. Se extrañó al ver un brillo diferente en sus ojos al pagar, pero no dijo nada. No tenían esa intimidad que te permite preguntar a la otra persona porqué está a punto de llorar. Fran cruzó las piernas y se apoyó en la pared bajo la ventana. Le gustaba aquel rincón, era donde la pequeña Flora solía echarse a tomar el sol mientras se lamía el pelaje suavemente. Pensó que quizá sería una buena idea comer con la tele puesta, pero también había desaparecido. En realidad, no había nada en el aparador salvo el mueble en si mismo. Entonces se fijó en aquel detalle. Faltaban las fotos, todas las fotos, hasta las de las paredes. Era curioso que no se hubiese dado cuenta hasta ese momento. Quitó la parte superior del papel albal de su comida, solo la superior para no manchar el suelo, porque no sabía si todavía quedarían el cubo y la fregona en el piso. Comió en silencio, bajo la fría luz acusadora de la desnuda bombilla. Mientras masticaba lentamente, observaba todo a su alrededor, era como ver una película a cámara lenta. La ausencia dominaba el salón, las paredes, el mismo aire.
Cuando terminó de comer, recogió los restos y los depositó en la bolsa que el dueño del kebab le había dado. Se levantó y fue a la cocina para tirar la bolsa. Efectivamente, no había cubo de la basura. La nevera estaba abierta. La habían vaciado y desconectado. Se guardó la bolsa con los restos en un bolsillo de la chaqueta y se dirigió al baño. Tuvo que abrir la llave de paso para poder mojarse las manos. Se secó en los pantalones mientras dudaba si hacer o no su último movimiento. Al fin, se decidió a hacerlo.
Se paró en la puerta del dormitorio, no tenía fuerzas para entrar. Encendió la luz desde fuera. La lámpara la habían hecho juntos, con papel y unas plumas de colores, hacía mucho tiempo ya. Era demasiado frágil para quitarla sin que se rompiera, demasiado frágil. La bombilla brilló con crueldad. El armario empotrado estaba abierto de par en par, tampoco había nada. Pero la cama seguía estando. En realidad, el canapé y el colchón desnudo, frío, gris, impersonal. Era imposible adivinar cuántas horas de felicidad se habían acumulado sobre aquellos muelles. Ahora ya no quedaba ninguna.
El chico regresó al salón arrastrando todavía los pies, rebuscó entre los cajones del aparador y encontró un lápiz gastado, pero todavía con punta. No había papel por ningún lado, así que no tuvo más remedio que escribir en una de las servilletas que le habían sobrado de la comida. Con letra confusa y la servilleta medio rota escribió una sola palabra. "Adiós".
Dejó las llaves sobre la mesa y salió del piso. Se paró un momento en la puerta, en un último intento de mirar atrás, pero no tuvo valor para hacerlo.

1 comentario:

  1. leer escuchando esto:
    http://www.youtube.com/watch?v=-AUCSkHCrwY&ob=av2n

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