lunes, 20 de diciembre de 2010

Jou jou jou

- Hola, me llamo Santa Claus y soy alcohólico anónimo.

- ¡Te queremos, Santa Claus!

- Bueno, ya sé que muy anónimo no es que sea, pero realmente voy como cualquier famoso, que nadie sabe quién soy de verdad. Todo empezó cuando los americanos fueron prosperando como nación. Al principio eran unos pringadillos muertos de hambre que venían huyendo de unos cuantos países (de entre ellos, los nórdicos, q fueron los que comenzaron a hablar de mí por aquellos lares). La cosa era que a mí me daban penilla, y aunque me quedaba algo lejos de la ruta, pues no me importaba darme un saltito por allí a dejarles unos cuantos regalos para que sus hijos tuvieron por lo menos un juguetito o algo. Pero poco a poco, fueron prosperando económicamente y de repente, les dio la vena de que eran un gran país y el rollo ese del sueño americano y blablabla. Total, que cuando me di cuenta, ya me habían obligado a cambiar de color, para estar a tono con su cocacola, y a ir a todos los hogares a dejarles presentes. Yo me sentía un poco obligado, más que nada porque pensaba que aquellos pobres diablos no iban a llegar mucho más lejos, pero, oye, que no paraban de hacer y hacer dinero, y, claro, cuanto más tenían más querían. Ya no les valía con un regalillo por chimenea, que va, ahora querían que dejara un porrón de cosas buenas y caras en cada casa. La espalda fue lo primero que se me jodió, con todo lo que tenía que cargar, me dejé los lumbares hechos un cristo. Para combatir los dolores, empecé a tomar un lingotazo de bourbon, que parecía que me calmaba los pinchazos. Pero aquello no iba sino a peor. Mis pobres renos estaban que no podían ni con su alma, culpa mía, que les exigía que volaran como locos para llegar a tiempo a las entregas. Cuando me quise dar cuenta ya era demasiado tarde, el pobre Rudolf se había enganchado a la coca, que era lo único que le daba fuerzas para poder seguir tirando del trineo, y yo, que no quería ver la realidad, me pasé al vodka.  La situación estaba acabando con nosotros, los regalos ya no tenían ningún sentido, sólo querían tener más y más. Cada niño tenía tantos año tras año, que ni jugaban con ellos. Y cuando creía que ya no podía caer más bajo, empezaron a hacer películas sobre mi persona.  Resulta que ahora todo lo que hacen los tontainas de los americanos, el resto de los países quieren imitarlo (¿y quién es más tonto, el que inventa las gilipolleces o el que luego va y se las copia?). Así que me vi recorriendo el mundo entero (en contra del uso horario, para ganar un poco de tiempo), borracho hasta decir basta, y conduciendo como si no hubiera mañana. Supe que tenía un problema cuando tuvimos el accidente. Ver el cuerpo de Rudolf inerte sobre aquel tejado, mientras aún le sangraba la nariz de todo lo que se había metido, me hizo al fin abrir los ojos y decidí que tenía que parar. Y aquí estoy. Llevo ya diez meses sin beber ni una gota, pero cuando llegan estas fechas me pongo muy nervioso.  Veo a los padres comprando compulsivamente para sustituirme. Hasta se llevan a sus hijos para que elijan lo que quieren, ya nada tiene sentido y los americanos siguen invadiendo los medios con mensajes sobre lo bonita que es la navidad, el amor a tu familia, las cenas, los encuentros etc. Entonces, me acuerdo de mi pobre reno, metiéndose rayas del tamaño de un paso de peatones y de lo único que me dan ganas es de meterme cuatro botellas de ron entre pecho y espalda y dormir la mona hasta que llegue febrero.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Los feos también mojan




Rafa era lo que se viene a denominar un feo con avaricia (vamos, que parecía que quería toda la fealdad para él solito). Sus amigos siempre decían que era muy gracioso, pero la verdad es que tampoco era para tanto, lo que pasaba era que no tenía ningún atributo físico agradable de ver, por lo que era el típico comentario de intentar sacar algo positivo del asunto.
El chico era perfectamente consciente de su fealdad (como para no serlo). Tenía la nariz demasiado pequeña y algo torcida, la boca enorme (y también torcida) y parecía que alguien había lanzado un puñado de dientes contra sus encías y así se habían quedado, las orejas eran como dos chuletones de Ávila y, además, era notable que una estaba más arriba que la otra, el pelo (el poco que tenía) era grasiento y medio rizado, de esos que ni chicha ni limoná. El resultado del conjunto era todo un poema.
Sus amigos le instaban continuamente a que fuera al gimnasio. Opinaban que, ya que no había nada que hacer con semejante cara, pues podría currarse un cuerpo de escándalo y convertirse así en uno de esos hombres-gamba (de los que se aprovecha todo menos la cabeza), pero a Rafa el deporte como que tampoco le motivaba mucho.
Y así andaba el hombre, hecho un cristo, que ni ganas de salir de copas le daban, por no ver las caras de asco de las chavalas y las risas mal camufladas de los grupos de gente. Lo que pasa es que tampoco es plan el quedarse en casa para vestir santos, que ya bastante tenía el pobre con ser más feo que pegarle a un padre, así que se armaba de valor y se echaba a las calles. Lo cierto es que la mayoría de las veces volvía a casa más solo que la una, hasta la noche en que conoció a Estrella.
Estrella era una chica difícil de ver (o de no ver, según cómo se mire). La nariz demasiado grande, la boca muy pequeña, los ojos juntos (y un poco bizcos) y la melena más fea y sosa de la historia de la humanidad. Aquella noche había salido a tomar algo con unas amigas, pero todas habían ligado y se largaron dejándola sola con su vodka naranja. Y así fue como Rafa la encontró.
Para ser honestos, lo primero que pensaron ambos al ver al otro fue “este (esta) no saldrá corriendo”. Rafa se acercó tímidamente y le preguntó que qué hacía una chica tan guapa sola. Después del ataque de risa, Estrella le dijo que si quería sentarse a tomar algo con ella. Estuvieron charlando y riendo un buen rato. A la cuarta copa se besaron, y a la sexta decidieron irse juntos al piso de él.
Borrachos y desnudos en la cama, Rafa fue recorriendo el cuerpo de Estrella suavemente con las manos, mientras la chica se estremecía al contacto. Piel contra piel, labio contra labio, dedos contra dedos, ambos fueron buscando al otro ansiosamente, con deseo y pasión. Justo en el momento del orgasmo, se miraron a los ojos y supieron que estarían juntos para siempre, y no porque no merecieran algo mejor, sino porque no habría nadie mejor, porque definitivamente, la belleza no está ni en el exterior ni en el interior, sino en los ojos de la persona que te ama.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Cavern love



Brutilda era una mujer de las cavernas tradicional. Cada mañana despertaba a su hombre con una lagartija caliente para desayunar, después de despedirle, limpiaba y ordenaba la cueva con esmero (a decir verdad, esto no le llevaba mucho tiempo) y salía a recolectar frutos hasta el atardecer, cuando Neanderpaco volvía de cazar mamuts y la agarraba cariñosamente de los pelos para arrastrarla de nuevo a casa y darle un buen meneo que le sacudía todas las telarañas del cuerpo. Vamos, lo normal, una mujer de su época, feliz y satisfecha.
Una de las funciones más importantes de Brutilda era la de mantener el fuego de Neanderpaco siempre encendido. El fuego era un regalo que los dioses daban a los hombres de vez en cuando en las noches de tormenta, pero había que mantenerlo siempre encendido para no perderlo.Brutilda se había vuelto un poco pija con esto porque ya no soportaba comer carne de mamut cruda, le daba como repelús, así que se levantaba hasta a medianoche para alimentar el fuego y evitar así que se apagara.
Sucedió entonces que un día se vino otro  vecino al barrio. Justo en la cueva de al lado de Neanderpaco y Brutilda, se instaló un chavalito joven, soltero. Al principio, Brutilda sólo quería hacer de buena vecina, y es que no podía permitir que un hombre sólo se apañara con aquella cueva, no estaba bien. Así que se presentó en la caverna con sus mejores galas (un vestidito muy mono de pellejos de comadreja que ella misma había confeccionado) y una lagartija envuelta en una hoja de parra que  había requemado en el fuego de Neanderpaco. Cuando llegó, encontró a Cromandrés intentando poner orden en su nueva caverna. Aquello era un desastre, definitivamente, los hombres eran unos inútiles. Brutilda casi le sacó a patadas de la cueva y se quedó toda la tarde hasta que por fin terminó convirtiendo aquella asquerosa gruta en un hogar. Cuando terminó, volvió a su propia morada, justo a tiempo para que Neanderpaco la agarrara de los pelos y la arrastrara de los mismos hasta el catre. Brutilda no sabía porqué, pero esa noche, el agarrón de pelos le dolió más de lo normal.
Los días fueron pasando. La mujer terminaba rápidamente con sus labores y buscaba una excusa (se la buscaba para si misma, porque allí no había ni el tato mientras los hombres estaban de caza) para acercarse a la cueva de Cromandrés y dejársela impecable. El caso era que el fuego de Cromandrés era mucho más grande y caluroso que el de Neanderpaco, tenía algo especial, la carne de mamut se quedaba más jugosa, las lagartijas no se requemaban nunca…
Brutilda no podía pensar en otra cosa. Aquel fuego la consumía por dentro, como si los dioses la hubiesen tocado directamente en el corazón. La mujer se debatía entre los dos fuegos: el de Cromandrés era grande, poderoso, furioso, pero el de Neanderpaco era cálido,  delicado, y sobre todo, siempre había estado ahí. Brutilda era feliz con el fuego de su hombre, pero no podía evitar escapar de vez en cuando a preparar el mamut en el fuego de Cromandrés. Aquello la hacía sentir culpable y ya no sabía qué hacer.
Al final, como siempre, es el paso del tiempo el que lo arregla todo. Porque con el devenir de los días, el fuego de Cromandrés se fue apaciguando, y por mucho que Brutilda intentara avivarlo, la llama se volvió igual de pequeña y cálida que la de Neanderpaco. Y Brutilda entendió que aquello estaba bien, pero que para eso ya tenía el fuego de su cueva.

El viajero del tiempo



Roberto la había cagado de nuevo con María. No sabía cómo lo hacía, pero siempre acababa metiendo la pata, pero esta vez decidió que sería diferente, que lo arreglaría todo. Le costó más de un año, pero al fin consiguió su propósito: construir una máquina del tiempo con la que arreglaría todos sus desastres. Ya no habría más cagadas, ni con María ni con nadie. Probó a viajar unos días antes, justo cuando su novia le pilló besando a aquella chica. Ya está, asunto arreglado. Decidió ir unos meses atrás, cuando se gastó el dinero de las vacaciones que le había prometido en aquella play station. Otro fallo menos. Se fue al año pasado, cuando la dejó tirada el finde por irse con los amigotes al partido. Poco a poco, fue retrocediendo y arreglando todos los detalles que habían estropeado su relación. Cuando ya no quedó ninguno, decidió seguir viajando en el tiempo, para arreglar el resto de cosas que había hecho mal con sus padres, sus hermanos, los amigos, los profes del colegio, los vecinos… Roberto borró todos y cada uno de sus errores, hasta que ya no le quedó nada por corregir. Por fin, decidió volver al presente, donde le estaría esperando María con los brazos abiertos. Al llegar, todo estaba diferente. Era claro que su misión había sido un éxito, le saludaba un montón de gente que no conocía, sus padres y hermanos le habían dejado mensajes cariñosos en el móvil, todo parecía ser perfecto. Pero cuando llegó a casa de María, ésta ni siquiera le reconoció. Roberto se acercó a darle un beso y ella saltó atrás asustada. Él intentó explicarlo todo, su relación, la máquina del tiempo, pero ella le miró con cara incrédula y le cerró la puerta en las narices. Desorientado, Roberto anduvo un rato sin saber qué hacer hasta que se sentó en el banco de un parque. En ese momento,  se sentó a su lado H.G. Wells. Roberto flipó en colores al verle, era su ídolo, el que le había dado la idea de crear la máquina…
- No lo entiendes, ¿verdad? -dijo Wells tras un pequeño silencio de presentación-.
- Nada -admitió el otro-. ¿Qué he hecho mal?
- El intentar no hacer mal -explicó el primero-. Al borrar todos tus errores, fuiste borrando también quién eras. El finde que te fuiste con los amigos al fútbol, María lloró, pero Juan evitó salir con sus otros amigos, que murieron en un accidente de coche. La videoconsola dejó a tu novia sin vacaciones, pero ahora hacéis reuniones con amigos en casa, y ella disfruta enormemente con las partidas que jugáis…
- Pero todo estaba mal -insistió Roberto-, y yo sólo quería arreglarlo.
- Borrar los errores no es arreglar una situación. Enmendarlos sí. Debes reconocer tus fallos, y tratar de corregirlos, eso es la madurez, porque hacer como que no ha pasado nada es de cobardes, y los cobardes nunca tienen las recompensas. Los cobardes no le gustan a María.
Y Roberto volvió a coger la máquina para viajar al pasado y recolocar todos y cada uno de sus errores en su sitio. Cuando terminó fue a buscar a su novia con un enorme ramo de rosas, y cruzó los dedos, para llamar a la suerte y que ella le perdonara.

Pequeño valiente



Pedrito flipó en colores cuando vio la gorra nueva.
-Halaaaa!!! Cómo molaaa!! -exclamó extasiado mientras se la probaba.
Corrió al espejo que había en el baño de su habitación a mirarse. Su madre observaba en silencio, entre sonriente y melancólica, mientras el niño jugaba con diferentes formas de llevar la gorra. Hacia adelante, hacia atrás, de un lado, del otro…
- Pareces uno de esos de hip-hop -rio al fin, viendo a Pedrito haciendo poses.
- ¿A qué sí? -admitió el otro con entusiasmo-. Es que llevar el pelo rapado me da un rollo de rapero, y ya con la gorra mucho mejor. Yo creo que de mayor seré un rapero, pero no de esos malos que salen en las pelis, no te preocupes, mamá. Yo seré un rapero de los buenos, de los que ayudan a la gente y juegan con los niños.
La madre queda un momento en silencio, recogiendo las lágrimas que nunca permite que salgan, antes de volver a hablar.
- Claro que sí, cariño, serás el cantante más famoso del mundo.
- Y ayudaré a los niños, como los que vienen a jugar con nosotros aquí al hospital.
Justo antes de que la madre pudiera responder, entró el doctor Hernández.
- Buenos días, Pedrito, ¿cómo te encuentras hoy?
El niño salió del baño todo lo deprisa que sus fuerzas le permitían para enseñar al médico su nuevo regalo.
- Hola, doctor -saludó alegremente-, ¿ha visto la gorra que me ha regalado mi mamá?
- Fantástica, pareces un cantante famoso -respondió el otro mientras le guiñaba un ojo-. Oye, Pedrito, ha venido otro niño nuevo, ¿me echas una mano?
- ¡Por supuesto! -contestó Pedrito de manera contundente-. Bueno, mamá, el trabajo me llama. Te veo en la comida.
El niño besó a su madre en la mejilla y salió de la habitación cogido de la mano del doctor. La mujer se quedó sola y permitió que una lágrima asomara discretamente, pero sólo porque era una lágrima de orgullo y alegría, sólo por eso.
El nuevo niño estaba solo en su habitación, con un montón de tubos y una mascarilla de oxígeno. El médico dejó que Pedrito entrara mientras él se quedaba en la puerta y le dejaba hacer.
- Hola -saludó sonriente-, me llamo Pedro, ¿y tú?
- Gustavo -dijo el otro con tono apenado.
- Encantado -Pedrito se acercó a la cama del niño-. No te preocupes, Gus, tan sólo te están haciendo unas pruebas, y ya verás como pronto podrás salir de la habitación como yo y te presentaré a todos los demás. Tenemos un cuarto de juegos muy chulo, nos lo han hecho unos voluntarios majísimos que vienen a jugar con nosotros. ¡Te lo vas a pasar genial!
- No pienso salir de aquí nunca jamás -respondió el otro, tajante-. No dejaré que nadie me vea así.
- ¿Así cómo?
- Calvo.
Pedrito se quitó su gorra nueva y se la puso a Gustavo.
- Hala, ya está. Ahora pareces un rapero de los famosos.
- Me da igual, no pienso salir.
- Pero tienes que hacerlo, es importante para todo el mundo.
- ¿Por qué?
- Porque mi mamá dice que nosotros hacemos que la gente sea mejor, que aprendan a valorar cada minuto de su vida y a amar a los demás por encima de si mismos.  Así que tienes que salir ahí afuera para cumplir con tu misión en el mundo.
Gustavo fue al cuarto de juegos a los dos días, con la gorra de Pedrito. Su madre ya estaba acostumbrada a que el niño regalara todo lo que tenía, y pensaba que su hijo siempre sería el regalo más grande que jamás le daría la vida.

Ambiciones



El pequeño Richard era el grumete del Pequod, el barco del capitán Ahab. Richard se había incorporado hacía unos pocos meses a la tripulación, así que cuando llegó, el capitán ya se encontraba en aquel lamentable estado. Era un ser gris y amargado, destrozado física y mentalmente. Ahab estaba obsesionado con acabar de una vez por todas con Moby Dick, la enorme ballena blanca que reinaba sobre los mares.
Al principio, Richard pensó en todo aquello como en una gran aventura, perseguir a través de los océanos a aquellos enormes monstruos le hacía pensar en sí mismo como si de un caballero medieval se tratara, un matador de dragones y liberador de princesas. La lucha del hombre por dominar la naturaleza, el bien contra el mal. Y estaba bien, era peligrosamente divertido. Pero poco a poco, aquella idea se fue difuminando en su cabeza. El capitán no perseguía ballenas, no quería ganar dinero, ni vivir de la más excitante pesca, sólo quería a la maldita ballena blanca. La desesperación se fue adueñando de la tripulación en el transcurso de los meses. Ahab se encerraba en su cuarto durante horas, buscando las rutas por donde podía haberse fugado el leviatán. Richard le llevaba de comer al camarote, pero el otro apenas le prestaba atención, y terminó por dejar de probar la comida.Aquello ya no era divertido. Los días se hacían cada vez más eternos, y las noches más y más frías, mientras perseguían aquel sueño que se había convertido en pesadilla. Lejos de cualquier costa, El pequeño grumete ya no soñaba con dragones, sino con volver a casa con los suyos.Una noche, encontró a Tashtego, el piel roja, afilando los arpones en cubierta bajo la luz de la luna. Richard se sentó a su lado, le gustaba pasar el tiempo con el indio, que siempre acababa por enseñarle algo.
- ¿Por qué preparas los arpones, estamos cerca de Moby Dick? -se interesó-.
- Nunca se sabe, siempre hay que estar preparados -contestó el otro sin apartar los ojos de su tarea-.
- ¿Qué haremos cuando la cacemos?
- Celebrarlo por todo lo alto.
- ¿Y después?
- Eso lo decidirá el capitán.
Richard se quedó un momento en silencio, reflexivo.
- No creo que Ahab esté pensando en qué haremos cuando hayamos matado a la ballena -concluyó-, no creo que pueda pensar en otra cosa que no sea en ella.
- Seguramente -respondió el otro de manera seca-.
-¿Y por qué le seguimos, entonces?
El indio dejó a un lado su tarea y miró al grumete durante un segundo.
- No siempre fue así -dijo al fin-. Ahab era un hombre bueno, trabajador incansable, se preocupaba de sus hombres, era un buen capitán.Por eso le seguimos, en recuerdo del hombre que fue.
-¿Y qué fue lo que le pasó?
- Que se empeñó en perseguir un sueño que no era para él -respondió el otro sin dudar-, y cuanto más tiempo pasa, menos es capaz de admitirlo y más se empeña en algo que nunca llegará a sus manos.
Y el resto, es historia.

Entre fantasmas, o sea



No entiendo a la absurda de la pija esa de “Entre fantasmas”,  se pasa toda la serie llorando como una magdalena. Pero vamos a ver, animalito de dios, estás tú tan tranquila en tu tienda esa de antigüedades (que yo siempre he pensado que es una tapadera y que en realidad vende droga, porque ahí no entra ni el tato a comprar nada), pero eso sí, como venga alguno, hala, un fantasma que se trae. que esta es como la Jessica Fletcher, que fuerte mujer más gafe, donde quiera que estuviera, se cargaban a alguien. Yo creo que la asesina era ella, y que todo el rollo era de cómo se lo montaba para echarle el muerto a otro, nunca mejor dicho.
Pues eso, lo que decía, que la absurda de la tienda de antigüedades está tan tranquila con su amiguita haciendo sus cosas de pija ahí, con lacitos y mamonadas de esas y, de repente, se le aparece un fantasma que le pone los ovarios a la altura de las amígdalas y ella, que además es muy cabrona, pone cara de siete para que la otra se acojone viva, como diciendo “hijaputa, que tú no verás al fantasma, pero te vas a cagar igual que yo”. Yo no sé como la amiga no la manda de una puta vez a tomar por culo y se busca otra amiga menos pija y menos cabrona, que son ganas de sufrir. Y la tía lista se pone a investigar como una loca, para ver qué coño quiere el dichoso fantasma y así poder llevarlo a la luz. Además, los puñeteros espirítus se le aparecen siempre al principio hechos un cristo, con la cara destrozada y el cuerpo hecho una penita, haciendo unas cosas raras y hablando super chungo que te los pone de corbata, que es para decirle “maricón, si quieres que te ayude no te me presentes con esas pintas, que me echo a correr que las patas me llegan al culo, joder”. Porque luego, al final, la otra ya descubre todo el meollo y entonces aparece el fantasma con un aspecto estupendo, y hablando clarito, clarito, que se le entiende todo, (¿y esto no podía haberlo hecho desde el principio y nos ahorramos un pastón en lavandería por culpa de las cagaleras?). Total, que el cabronazo del fantasma ya se queda ahí como relajadito, y entonces ve la luz esa y algún familiar que le está esperando al otro lado, que le está esperando porque no le ha visto con las pintas que llevaba al principio del capítulo, que no si no le iba a esperar su puta madre. Y encima, la pija coge y cuando el fantasma se larga va y se pone a llorar. ¿Pero qué coño haces, subnormal?? El tío lleva dándote por culo todo el rato y ahora que se va, coges y te pones a llorar. Lo que yo te diga, esta es gilipollas, pero si hasta alguno se le presenta en la cama, que yo soy el marido y la pongo en el sotano a dormir con el puto espíritu, que tú imagínate que estás ahí, en plena faena, viento en popa a toda vela, y la otra de repente empieza a mirar para otro lado.
-Qué pasa, que tenemos visita o qué?
-Pues sí, hay un fantasma ahí en la esquina mirando.
-Y qué coño hace, se está tocando una gallola o qué?
Hombre, a ver qué coño haces tú si tu mujer te dice que hay un tío en la esquina de tu cuarto mientras tú estás intentando echar un quiqui. Que no te digo yo que haya alguno al que le de morbo, pero vaya, a mí me cortaría el rollo de mala manera. Y la otra que se pasa los capítulos diciendo que si se quiere quedar embarazada, pues como no sea del espíritu santo, me parece a mí que se iba a quedar con las ganas. Lo que yo os diga, si ese hombre no se ha divorciado todavía es que se ha echado una querida por ahí, como decía mi madre, o eso, o se va de putas, porque en su casa ese hombre ni folla, ni duerme ni na de na.

The lonely vegetarian zombie



Federico siempre fue un chico diferente, incluso cuando estaba vivo. Nadie quería sentarse con él en clase, ni en la cafetería del instituto. Nunca le invitaban a fiestas de cumpleaños, ni a ninguna otra. Era el rarito del barrio. De hecho, nadie le echó de menos el día que murió. Y aunque él fingía que no le importaba, realmente no era así. Así que cuando volvió a la vida como un zombie pensó que aquello sería una segunda oportunidad para poder sentirse integrado. Después de todo, ya no sería el rarito, ¿verdad? Ahora era un monstruo entre monstruos.
El primer indicio de que la cosa no marcharía como pensaba fue lo de comer cerebros. Toda la vida luchando con su madre para que le hiciera un menú vegetariano, peleándose con la dirección del instituto para cambiar el menú de la cafetería, recogiendo firmas (por lo menos, intentándolo), para que ahora resulte que tiene que alimentarse de cerebros de personas vivas. Y esa era otra, él, que estaba absolutamente en contra de la pena de muerte, tenía que matar personas para poder alimentarse. Aquello era totalmente inconcebible, iba en contra de todas sus creencias. Intentó razonar con sus nuevos compañeros, explicándoles las saludables ventajas de una dieta vegetariana, además de la cuestión de las malas relaciones que se fomentaban con los seres vivos cuando se les comía de aquella salvaje manera. Vivir (bueno, vivir unos y “vivir” los otros) en armonía era posible. Federico encontró una misión en su nueva vida. Daría charlas entre los zombies, recogería firmas, prepararía campañas de concienciación, haría todo lo que fuese in-humanamente posible para realizar sus sueños de vivir (”vivir”) en paz y armonía.Era un difícil tarea, casi imposible, aquella que se había impuesto a sí mismo. No es fácil que te atiendan correctamente en la fotocopiadora cuando eres un zombie, existen muchos prejuicios al respecto. Y las charlas con zombies que lo único que responden son lánguidos gemidos moribundos tampoco tenían mucho sentido. De hecho, ni siquiera era capaz de que bajaran los brazos y se pararan a escuchar un momento. Y tampoco consiguió que ningún humano vivo parara de gritar y correr cuando le veían llegar con sus panfletos (los gritos le ponían especialemente nervioso, hasta casi el punto de caer en la tentación de comerse el cerebro de una vecina chillona). Trató de comunicarse con sus familiares, pero su madre, en un alarde de esos de santificada maternidad tan cacareados, le ofreció gustosa su palpitante cerebro. Definitivamente, aquello iba a ser mucho más difícil que poner un menú vegetariano en la cafetería del instituto. Y así andaba, meditabundo y triste, sentado sobre su propia lápida, cuando se acercó a él Sofía.
- ¿Esto es tuyo? -le preguntó enseñando una de sus octavillas-.
- Déjala por ahí, gracias -contestó él sin ganas, pensando que cuando la otra le viese bien se pondría a gritar como una loca-.
- ¿De verdad crees que los vivos y los muertos pueden llegar a llevarse bien? -continuó la otra-.
- Pues ahora mismo -respondió Federico abatido-, no lo tengo muy claro.
- ¿Y si no comes cerebros, de qué te alimentas? -Sofía ignoró la tristeza del otro y se sentó a su lado, animada-.
- El tofu está bastante bien, aunque es un poco más pesado de digerir.
- ¡Qué asco me da el tofu!
Era inútil, si ni siquiera podía compartir una simple comida con un ser vivo, ¿cómo podría lograr una convivencia con ellos? Y ya puestos, ¿cómo lo haría con los muertos? Federico había vivido sólo, y después de la muerte seguiría sólo, sólo hasta la eternidad.
- Discúlpame, debo irme.
Al levantarse, no fue consciente de que se le había desprendido un dedo de la mano derecha. Ya casi salía del cementerio, cuando la otra le llamó.
- ¡Espera! Se te ha caído esto… -le llamó, mostrándole el dedo.
– Gracias -dijo el otro, recuperándolo e intentando ponerlo de nuevo en su sitio-.
- Tengo aguja e hilo en casa -se ofreció ella-. Tú puedes comer tofu y yo otra cosa, porque el tofu no me gusta, pero adoro las buenas conversaciones.
Se fueron juntos. Sofía le cosió el dedo, comieron, charlaron durante horas, rieron viendo “La noche de los muertos vivientes” y al final del día se despidieron, quedando en verse de nuevo al día siguiente. Federico se metió en su tumba esa noche muy feliz. Había pasado toda su vida viendo las diferencias que le separaban de los demás, y tuvo que ser en la muerte, cuando descubrió que las cosas son más fáciles, si en lugar de eso, nos concentramos en las igualdades que nos unen.

Miedo



Jaime conoció el miedo a la tierna edad de cinco años. Su madre quería que saludara a su padre que les llamaba desde la calle, así que lo sacó al balcón para que él lo viera. Y allí estaba el Miedo esperándole. Apoyado en la baranda, le miraba atentamente mientras la otra le acercaba. Jaime se asustó muchísimo y empezó a berrear como un loco hasta que consiguió que le volvieran a meter en casa.
Después de esa primera experiencia, Jaime se encontró al Miedo a lo largo de toda su vida y en todo tipo de situaciones. Cada vez que se animaba a hacer algo minimamente atrevido, allí estaba el Miedo para recordarle las posibles consecuencias de sus acciones. Si quería subir a una montaña rusa, se lo encontraba sentado a su lado, si quería practicar escalada, lo hallaba al pie de la montaña, si quería probar el puenting, allá que estaba el otro esperándole. Así que poco a poco, Jaime dejó de intentar hacer cosas atrevidas y se fue convirtiendo en un chico cada vez más cobarde e introvertido, con la esperanza de que el Miedo terminara por cansarse de él y dejara de aparecer en su día a día. Pero en lugar de eso, la cosa fue degenerando más y más hasta el punto que el Miedo aparecía en circunstancias cada vez más absurdas, en la piscina de niños, en la hamburguesería, y hasta cuando intentaba hablar con cualquier chica. La vida de Jaime se estaba convirtiendo en una auténtica pesadilla. El Miedo parecía perseguirle a todos lados y en todo momento, sin dejarle un momento de tranquilidad. Jaime dejó de salir a la calle, apenas salía de su cuarto a comer y poco más. Y cuando creía encontrarse definitivamente a salvo, lo pilló esperándole en el baño.
- Hola, Jaime, ¿cómo estás?
Jaime salió disparado a su habitación, echó el cerrojo y se lanzó sobre su cama, con los ojos llorosos.
- Te he echado de menos.
El Miedo estaba sentado a su lado.
-¿Por qué no me dejas en paz? -preguntó el chico desesperado-.
-¿Eso es lo que quieres?
-Desde que te conozco, no he podido hacer nada. Mi vida es un auténtico infierno, ya no quiero ni salir a la calle -lloriqueó el otro-.
-¿Y eso es culpa mía?
-¡Pues claro que es culpa tuya! -le gritó Jaime- Siempre persiguiéndome, asustándome, impidiéndome hacer cualquier cosa.
-Estás equivocado, Jaime, yo no te impido hacer nada -le contestó el Miedo con paciencia-. ¿Sabes para qué existo? Para ayudar a las personas a sobrevivir, a valorar las cosas y su propia vida, pero nunca para impedirles hacer nada, sólo para salvaguardarles. Si quieres que me vaya, me iré. Pero no tener miedo no te hace ser valiente, sino temerario. El valiente es aquel que conoce el Miedo y se atreve. Supérame y tendrás la mejor de las recompensas, pero si dejas que te domine mi presencia, entonces será mejor que te mueras, porque no tendrás una vida de verdad.
Y lo entendió. Así que cuando el Miedo apareció en su primera cita con una chica, Jaime le hizo un hueco para que se sintiera cómodo, pero la verdad es que no le hizo caso en toda la tarde.

Fall



Las hojas caen, lo veo desde el balcón de mi habitación. Hace frío, no demasiado aún, pero el aire húmedo anuncia otro día de lluvia. Ha llegado el otoño, se acabó el verano. Una oleada de romántica melancolía se abalanza sobre nuestras ya no tan inocentes cabezas. En otras épocas, los veranos eran largos, llenos de cosas divertidas, playa, sol, juegos, helados y aquellos horribles anuncios de “La vuelta al cole” por los que más de un publicista se habrá agenciado un merecido sitio en el infierno; pero, ahora, los veranos se presentan vacíos, faltos de promesas, anodinos incluso, porque en ellos no pasa absolutamente nada. Es como si te comieras un gigantesco kitkat que te durara tres largos meses. No hay playas, si acaso alguna piscina de interior, con un muestrario de gente absurda que te desgana desde que entras por la puerta. No hay juegos, salvo los que se dan en las profusas noches de los bares. Seguimos teniendo helados, pero son demasiado sofisticados para la simple sencillez del disfrute, les falta la misma inocencia que a ti. Y ya no te afectan los anuncios de “la vuelta al cole” (salvo por una lígera reminiscencia que se te queda como un mal sabor de boca).Supongo que realmente te haces mayor cuando dejas de apenarte porque ha terminado el verano, es más, incluso te alegras un poquito. ¿Entonces, por qué nos sigue invadiendo esa melancolía al ver las hojas caer? ¿Quizá porque necesitamos un poco de esa melancolía en nuestras vidas? Siempre hablamos de buscar los sentimientos positivos en nuestro interior, de hacer esos imaginarios y esotéricos viajes a lo más profundo de nuestro ser para lograr que aflore lo mejor que tenemos, los sentimientos más positivos, y conseguir así alcanzar la felicidad, que es el objetivo final de este introspectivo viaje. Por este motivo, intentamos una y otra vez desechar aquellos sentimientos que nos hacen desgraciados, como la melancolía. Pero siempre regresa. Con una simple imagen, como es la del árbol deshojándose, el corazón se nos encoge. Y yo pienso, que eso es parte de la búsqueda de la felicidad también. No podemos eliminar una parte de nuestro ser para ser felices. la melancolía nos recuerda la fragilidad de nuestra vida, la importancia del día a día, la maravilla de poder recordar momentos felices. Por eso hacemos canciones que nos remueven por dentro, porque no podemos negar unos sentimientos para exaltar otros. Negar la realidad es poner una barrera infranqueable a poder mejorarla. Sintámonos, pues, melancólicos viendo caer las hojas y soñemos con un mundo mejor.

La gallina Touruletta



Bueno, pues ya he llegado al trabajo, a ver qué tal se me da hoy. Madre mía, qué cola de parados que tenemos, parece que va a ser un día duro, así que vamos a tomárnoslo con calma. Me siento, me coloco la ropa, este asiento está duro, igual dando saltitos se va ablandando… qué calor, me voy a remangar un poco, y uff, que por las piernas también, pues hala, me subo las perneras y tan ricamente. Ya están las otras mirándome de reojo, qué asco de compañeros, por favor. El ordenador encendido, el ratón en su sitio, el sello con tinta, papeles, bolígrafo, lapiz afilado, parece que todo correcto. Pues vamos allá, llamemos al primero.Uff, qué calor, ¿estoy bien remangada? y estos pantalones tan largos, ¡tira para arriba! Así, mejor, y ahora que pase el número once, le doy al botoncito. ¿Está el ratón en su sitio? y estos papeles se han movido. Vale, aquí viene el once,ay, este asiento, voy a dar saltitos. Esta señora tiene cara de no enterarse de nada, en fin, yo a lo mío, ¿está el ratón en su sitio? ¿Qué hace ese chico detrás de la señora, por qué se queda mirando? Si lo ignoro igual se va. Estos papeles están mal colocados.No se va, le voy a mirar con cara de pocos amigos a ver si pilla la indirecta. ¿Qué me enseña? ¡Tiene el número once! Entonces, esta señora se ha puesto en su lugar. Saltitos, saltitos, asiento blandito. Ay, madre, respira hondo, respira hondo. Vas a tener que hablar. Vale, no pasa nada, si lo hago relajadamente, no se darán cuenta de que tengo el síndrome de Tourette, no pasa nada, respira hondo, ¿está el ratón en su sitio? Bueno, súbete las mangas, coge aire y habla con tranquilidad.
-¡YO PULSÉ EL ONCE, EL ONCE, YO PULSÉ EL ONCE!
Muy bien, perfecto. La señora se levanta y el chico ocupa su puesto, este asiento, saltito, el once en su sitio, como debe ser. Uff, qué calor, me voy a subir las mangas, ¿está el ratón en su sitio? A ver los papeles del paro, buff, es actor, ahora voy a tener que revisar todos los tc4/6 ¿Por qué me mira así? ¿qué pasa? Estos papeles están mal colocados, ¡y este chico está borracho! Madre mía, no me lo puedo creer, ahora va y me toca un actor borracho que quiere el paro. Me voy a subir las mangas, porque me está dando un calor…Qué asiento más duro, reviso, reviso, reviso. Hala, no podía tener más empresas en las que ha trabajado, estos papeles están mal colocados. Míralo, si es que se balancea del pedo que lleva, qué vergüenza. Revisa, revisa, revisa, ¿está el ratón en su sitio? Este papel no lo ha rellenado. Maldito borracho.
-¡TIENES QUE, TIENES, TIENES, RELLENAR!
-Es que… este boli… no escribe…
Borracho porculero.
-¡PUES NO HAY OTRO!
Revisar, revisar, revisar, saltito, saltito. ¿Qué hace ahora? ¡Le va a pedir un bolígrafo a la Reme! La madre que lo parió
.-¡YA ME ENCARGO YO!
-No… ya escribe…
Revisar, revisar, revisar. Qué calor, mangas para arriba, ¿está el ratón en su sitio? Terminado, le doy sus copias y que se vaya a su casa a dormir la mona.
-¡YA!
-¿Ya? ¿Cómo ya?, pero… ¿tengo paro? ¿cuánto…?
Borracho majadero.
-¡MES, MES, MES Y MEDIO CARTA!
¿Está el ratón en su sitio? saltito, saltito, asiento blandito. Míralo, ahí se va haciendo eses. Desde luego, lo que no me pasa a mí, no le pasa a nadie, estos papeles están mal colocados…

Espérame en el cielo



Y dice mi sobrino que el lugar está muy bien. Que tiene unas instalaciones la mar de estupendas, un cuarto para mí solito con aseo, un salón de actividades, donde por lo visto viene gente joven a actuar y todo, además de tener juegos de mesa y una tele gigantesca. Así que, como ves, voy a estar la mar de entretenido. Sí, sí, ya sé lo que vas a decir, que a mí no me gusta la televisión, pero no es cierto, Antonio, a mí lo que pasa es que las cosas que ponen ahora me parecen un poco chavacanas, de mal gusto, pero, vaya, que tienen el satélite ese, así que hay un montón de canales para elegir. Sólo es cuestión de que nos pongamos todos de acuerdo y que a los demás no les guste tampoco los programas basura…Ah, y que también hay una piscina climatizada, dice. Es para que nos mantengamos en forma haciendo ejercicio jaja ya ves tú, a la vejez viruelas. Si es que el deportista de la familia eras tú, Antonio, que a mí siempre se me dio fatal. Voy a tener que agenciarme unas muletas que no se oxiden, ¿no te parece? Que no, que es broma, si dice mi sobrino que hay un montón de enfermeras para ayudarnos en todo…Sé lo que estás pensando, que no hay nada como estar en casita. Que allí puede uno hacer lo que le de la gana, y poner el canal de la tele que le venga en gana sin tener que discutir con nadie. Pero, Antonio, ya sabes que yo sólo no puedo con la casa, que necesito ayuda, y cada vez más. Ya no puedo ni ducharme sin que alguien me eche una mano. Me da un poco de vergüenza, me siento tan indefenso cuando la gente me ve desnudo… Pero los achaques no perdonan. ¿Recuerdas lo que nos dijo el médico sobre las consecuencias a largo plazo de los golpes que me dieron? pues es que casi no puedo ni agacharme ni nada, y me tiembla mucho el brazo izquierdo. Menos mal que soy diestro, ¿verdad? jajajaaaYo entiendo a mi sobrino, con su mujer y sus niños no puede ocuparse de mí, es normal. Por eso, lo mejor es que me vaya a esa residencia, así no molestaré a nadie. Además, que cuando pagas, te puedes quejar con todas las de la ley, y en casa de mi sobrino no iba a poder decir ni mu…Le he pedido que me traiga al cementerio a verte, por última vez. Porque luego en ese sitio no habrá nadie que lo haga. Pero no te preocupes, Antonio, que a mí no me hace falta venir aquí para recordarte, que yo te llevo en el corazón en cada segundo de mi vida. Mira, en eso he tenido suerte, que el cuerpo lo tendré fatal, pero la cabeza bien en su sitio que está.Te echo de menos, mi amor. Casi no me importa ir a ese horrible lugar, porque nuestra casa se me echaba encima. todos los rincones me recuerdan a ti, a cada momento que pasamos juntos allí, felices. Porque yo sólo fui feliz contigo, cariño. El conocerte a ti fue lo único bueno, lo único que me reconcilió con la vida, que hasta llegué a perdonar a Dios por todo lo malo que me había dado, porque a cambio me dio el hombre más maravilloso de la tierra. Lo que no te perdono es que te hayas marchado antes que yo, dejándome sólo otra vez. Tengo miedo, Antonio, tengo miedo…Bueno, mi vida, te tengo que dejar, que mi sobrino ya me está llamando desde el coche. Espérame en el cielo, que pronto iré a buscarte. Te quiero.

Wet Romeo



Romeo era un pececillo de colores avispado y valiente. Cada mañana se levantaba feliz de estar vivo, se aseaba concienzudamente, desayunaba unos trocitos de gambas secas que encontraba flotando por casa y se preparaba para salir a la aventura. El mundo era un lugar maravilloso y Romeo quería descubrir todos y cada uno de sus rincones.- Pez inactivo, pez muerto -se decía a sí mismo mientras cruzaba la puerta de casa vigorosamente-.Y entonces empezaba su expedición. Recorría cada palmo con curiosa avidez. Lo primero que encontró fue un extraño ser que levantaba y bajaba una de sus aletas al ritmo de unas burbujas que salían debajo suyo. Romeo suponía que era una aleta, pero no lo tenía claro. Además, no tenía cola sino dos ¿aletas? más abajo y una enorme cabeza redonda de la que también salían burbujas. Intentó comunicarse con aquel ser, pero no obtuvo respuesta, así que finalmente desistió. A su lado se encontraba un objeto extraño, como una caja medio abierta, ¿sería un tesoro? El pececillo no se lo pensó dos veces y se adentró en su interior, sin meditar sobre las posibles consecuencias, así era él, atrevido, osado, deseoso y sobre todo, descubridor. No había nada en la caja, salvo un tubito del que parecía que emanaban aquellas burbujas. Feliz con su nuevo descubrimiento, decidió seguir un poco más, todavía le quedaba energía para dejarse sorprender otra vez por el mundo antes de irse a la cama. Había piedras, unas plantas que se contoneaban coquetas al compás del fluir de las aguas, encontró una estructura medio encajada entre las piedras, parecía algo con forma triangular en la base, pero con un cubo en la parte superior, de la que además sobresalía un cilindro que también expulsaba burbujas, ¡era todo tan increíble!De repente, Romeo tropezó con una barrera invisible, no se lo esperaba, así que se dio un golpe bastante serio. Aturdido como se quedó, cuando vio a Julieta creyó estar teniendo visiones, o eso, o había muerto y estaba viendo al ángel más bello de todo el universo. Julieta era perfecta, con sus escamas anaranjadas, sus profundos ojos negros, sus hermosas aletas que se movían voluptuosamente… Se enamoraron, sin más. Romeo la cortejó galantemente, le obsequió con los mejores regalos que había encontrado en sus expediciones, le cantó las más bellas canciones, los mejores poemas, la amó más allá del amor hasta el final del día.Al día siguiente, Romeo se despertó feliz de estar vivo. Se aseó concienzudamente y desayunó antes de salir a la aventura. Descubrió ese día un ser extraño, con cuatro aletas y una enorme cabeza redonda, rodeado de burbujitas y con una misteriosa caja a su lado… Y entonces la vio, Julieta flotaba frente a él, con su hermoso balanceo, sus delicadas agallas, su generosa boca. Se enamoraron, sin más. El valiente pececillo le mostró los escondites más espectaculares, le contó sus más íntimos sueños, la invitó a cenar bajo la luz de la luna y la amó más allá del amor hasta el final del día.Al día siguiente, Romeo tuvo un muy feliz despertar. Aseado y bien nutrido salió de expedición. Encontró una rara estructura encallada, cuyo pico sobresalía y sobre la que se apoyaba un cubo con un cilindro del que salían burbujas. Y al lado estaba Julieta, el ser más bello que jamás habían encontrado sus ojos, con su risa contagiosa, su mirada angelical, su figura perfecta y su grácil movimiento. Se enamoraron, sin más. Bailaron fundidos en un solo ser, se besaron y Romeo le declaró su amor más allá del amor y por toda la eternidad hasta el final del día.Porque así era la memoria de los peces, pequeña y frágil como ellos mismos. Así que Romeo veía a Julieta por primera vez cada día, y podía descubrirla, y encontrar diferentes maneras de amarla cada día. Y la amaba para siempre cada día. Un amor nuevo y eterno cada día.Su dueño, que los observaba a través del cristal de la pecera, rogaba siempre  en secreto poder ser un pequeño pez de colores en su próxima vida.

Instrucciones para el (verdadero) superviviente



Estimados telespectadores, ante la actual situación de crisis que planea sobre nuestro gobierno y la crispación de la que se hace eco toda la civilización occidental, el Consejo de Sabios ha decidido promover una serie de actitudes con las cuales pretenden remitir y hasta erradicar la lamentable hecatombe que nos acontece. El Consejo considera que está en manos de toda la sociedad el poder acabar con nuestros problemas, por lo tanto, y para ello, aconseja:
Primer punto: No confiar en nadie.
Segundo punto: Pensar primeramente en un@ mism@ y, si sobra algo, entonces pensar en l@s demás
Tercer punto: Intentar estafar al vecin@.
Cuarto punto: Olvidar el amor, salvo el que es por un@ mism@.
Quinto punto: Robar a tu empresa.
Sexto punto: Engañar a tus empleados.
Séptimo punto: Usar las muestras de cariño sólo para conseguir algo a cambio.
Octavo punto: Disimular tu mediocridad aplastando a quién es más brillante que tú.
Noveno punto: Desarrollar falta de escrúpulos para subir escalafones.
Décimo punto: Aislarse de todo el mundo.
Como decíamos, con estas instrucciones, el Consejo de Sabios asegura una pronta recuperación de la tan cacareada crisis y… Perdón, un momento, sí, sí… Muy bien. Disculpen las molestias, me comunican mis compañeros que se había extraviado un fragmento de la nota que el Consejo había enviado a nuestra redacción. A continuación paso a leérselas a ustedes:”Desde los albores de la humanidad, el hombre ha necesitado de su prójimo para poder sobrevivir. Somos animales sociales, la superación de nuestros conflictos se basa en compartir con los seres que nos rodean y en cuidar nuestro entorno. Sin embargo, a lo largo de la historia, los hombres y mujeres más mediocres se han aprovechado de la nobleza humana para sacar su propio beneficio, un beneficio estéril, puesto que al final esa actitud egoista es la que nos ha llevado a los límites insostenibles en los que actualmente nos encontramos. Por lo tanto, nosotros, el Consejo de Sabios, os instamos a que volvamos a convertirnos en verdaderos supervivientes, y proponemos para lograr tal hazaña, que eliminemos de nuestros hábitos los diez puntos nefastos en los que se han basado políticos, banqueros, empresarios, asesinos y demás calaña y que se encuentran anotados en la siguiente página.”

Compases de amor



El músico intentaba encontrar la melodía perfecta. Su mente matemática probaba las diferentes combinaciones posibles para dar con la música que necesitaba. Debía ser perfecta y no se conformaría con menos que eso. La melodía de amor más bella jamás creada haría vibrar los corazones de todo el mundo. Aunque la verdad era que el músico no estaba interesado en todo el mundo y estaba trabajando en aquella composición sólo y exclusivamente por una persona. El músico se había enamorado, y pretendía expresar su amor de la única manera que sabía, escribiendo compases de amor.Nada le parecía suficientemente bueno para dar a entender sus sentimientos. Cambiaba continuamente la estructura de la composición, probaba compases diferentes, sustituía unas tonalidades por otras, ritmos, conjuntos de corcheas, alteraciones accidentales, armaduras. Decidió que no iba a usar palabras en la melodía, porque pensaba que las palabras limitaban demasiado los sentimientos. Comprendió que la escritura de música clásica era demasiado arcaica y encasillada, como las mismas palabras, así que también optó por prescindir de ella. Ideó nuevas maneras de crear música, dibujó musicogramas que expresaran su mágica melodía, fabricó instrumentos nuevos con los que poder interpretar una música que hasta entonces nunca había existido. Estaba seguro que el amor tenía un sonido único, y que cuando ella escuchara su canción sabría que estaban hechos el uno para el otro irremediablemente. No habría palabras, sólo una mirada de comprensión y un abrazo cálido, eterno.Eso no pasó. El músico terminó su composición, la melodía de amor más bella de toda la historia, una canción que se colaba en tu interior y te acariciaba con una maravillosa dulzura que te hacía soñar con el beso más hermoso. Pero ella no cayó rendida a sus pies al escucharla. Él no comprendía que la gente de enamora sin pensar , esas cosas suceden o no suceden, y tus acciones sólo harán aumentar o disminuir esos sentimientos, pero no crearlos. Y ella nunca estuvo enamorada de él. Jamás estuvo en su mano.Cuando descubrió la realidad, el músico quiso morir. Lloró desconsoladamente durantes días y días. Pero al pasar el tiempo volvió a escuchar su canción, y una pequeña luz se iluminó en su interior, porque comprendió que aquella música era él mismo, su legado, su herencia, el recuerdo más auténtico de su persona, porque al fin y al cabo, el arte es la forma más pura de expresar lo que tenemos dentro. Y eso es amor del bueno.

Revisión laboral



Un día Dios se bajó a tener una “charla” con el Diablo. No es que tuviese ganas de gresca, pero es que había dejado pasar demasiado tiempo aquella conversación, y la cosa se había salido de madre. Así que decidió no posponer más el encuentro y se dio un salto al infierno un viernes a última hora.
- Oh, qué sorpresa! -exclamó el otro al abrir la puerta- ¿A qué debo el honor de esta visita?
- He traído pastitas, ¿te hace un té? -dijo el primero enseñando el paquete en plan buen rollo-.
El Diablo guió a Dios hasta su salón infernal, y le indicó con un gesto que se sentara a la mesa.
- ¿Un té, un viernes por la noche? -le gritó desde la cocina- Mejor un par de cubatas, ¿no te parece?
- Bueno, pero no me lo pongas muy cargado, que luego tengo que conducir hasta el cielo.
- Siempre igual -refunfuñó el Diablo mientras le pasaba el cubata y se sentaba junto a él-, a ver cuándo se te ocurre bajarte con un chófer y nos pegamos una buena juerga.
- ¿Ves? ese es el problema, que siempre me lías. Te dejo hacer, te dejo hacer y luego pasa lo que pasa.
El anfitrión miró fijamente a Dios antes de continuar con la conversación.
- No sabía que teníamos un problema -dijo fríamente dando un sorbo a su bebida-.
- A ver, Lucifer, creo que últimamente te estás excediendo. Está el mundo manga por hombro y cada día más y más liado. Si es que voy a tener que cargármelo todo y empezar de nuevo, que ya ni con un diluvio universal se arregla el tinglado.
- Te recuerdo que eres tú quién me ha contratado…
- Ya, ya, y estoy muy contento con tu trabajo. Al principio estaba guay, porque tú les provocabas para que hicieran pecadillos menores, que si una mujer enseñando la enagua, que si un niño robando peras en la huerta del vecino…y, bueno, les dabas vidilla y eso. Pero es que últimamente, la cosa está que madre mía, los líderes mundiales más corruptos que nunca, asesinatos, huelgas, el tercer mundo que ya casi es el cuarto, hambre, guerras, guerrillas, tele-basura, si es que no doy abasto, he tenido que contratar personal extra para poder anotar todos los pecados, y no me queda ni uno sano ahí arriba, que hasta el nuevo Papa se parece al emperador malo de “La guerra de las galaxias”. ¿No podrías rebajar un poco la cosa?
- Mira, chaval, yo soy un profesional como la copa de un pino, si lo que quieres es un trabajo cutre, pues mejor te buscas a otro. Tú fuiste el tío listo que se inventó el sistema ese de aprender a valorar las cosas buenas teniendo las malas para comparar (que también ahí te luciste, hijo), así que yo me encargo de que la gente tenga enfermedades,peleas y malos rollos en general para que tu plan salga a la perfección y no sé a cuento de qué vienen ahora estas quejas.
- Pues es que con todo el pifostio este, yo creo que la humanidad ya no tiene ni puta idea de lo que está bien y lo que está mal, porque no me entra un alma en el cielo desde la muerte de Chanquete. Me los estás volviendo a todos tarumba, tío.
- Y lo estupendo que te viene a ti que yo haga el trabajo sucio, que bien entretenidos que te los tengo, para que a nadie le de por pensar que todo este meollo es cosa tuya. Que aquí unos cardan la lana y otros tienen la fama, porque a mí en la tierra me dicen de todo menos bonito, y tú tan ricamente.
- Es verdad, tienes razón -dijo Dios levantándose reflexivo- Siempre me pasa igual, vengo a echarte la bronca y acabas dando la vuelta a la tortilla. Si es que eres demasiado inteligente para poder discutir contigo.
- Lo sabrás tú mejor que nadie, que eres el que me ha creado.

Despacito



Despacito, despacito,
más que lento, voy lentito,
hilvanando las palabras,
desgranando los sentidos,
encontrando las maneras
de anidar en tu huequito.
Despacito, despacito,
yo despierto tu apetito,
con historias de sabores
y cuentos de mil colores,
voy probando cómo puedo
alquilar tu corazoncito.
Despacito, despacito,
recorriendo este librito,
tu descubres mis enseres
y mis sueños más queridos,
y decides si tú quieres
disfrutarme despacito.

The rain in Spain



How can i explain you this? I’m from Spain, actually, from a little town called Puerto Lumbreras in Murcia. I was living there till i decided to be an actor (by the way, actor/dancer/singer and whatever i could get money on a stage). It’s almost impossible to live being an actor in Puerto Lumbreras (no, no Port Umbrellas, i said Puerto Lumbreras), so i had to move to Madrid after i finished my career in Murcia. At last, Madrid wasn’t enough for me (i don’t mean  i’m a very ambicious man, it’s just i couldn’t get a good job there) and i discovered the truth of the actors:you’ll never end your studies, there’s always something more they need that you don’t have in your fucking cv!!!
- You’re a very dramatic guy, have you got a joke?
- This is so funny, but can you sing for us?
- Beautiful song, can you do it while you dance?
- Have you ever tried to throw flames from your mouth? what about from your bottom?
I learnt in every single way they asked for. I fought with all my skills, habilities, my brain and my soul to be the professional guy they needed. They had the best dramas, jokes, songs, dancings and flames from my fucking ass!! And, What do you think it was the answer?
- Perfect, could you do all of this in english?
And, of course, i couldn’t, just because in Puerto Lumbreras you don’t have many ocassions for practicing languages (you can practice tongues, but that is a story for another moment). So, like we use to say in spain, i took the bull by the horns and i came to London to learn english in the best way. It was hard, i went to academy every day while i tried to survive earning money without any idea of speaking, but i did it. I learnt english, i can sing, dance and spit out in english, i achieved it!!
And now…
Now you are telling me that i cannot work in your fucking Starbucks because i can’t say “cafe latte” without an authentic italian accent…
Fuck you, italian mother fucker!!

Géminis versus Leo



Géminis y Leo llevaban ya algún tiempo sin verse. El primero andaba con sus líos siderales, que si un tratado de paz con Casiopea, que si una reunión intergaláctica con Aries y Acuario, en fin, lo de siempre, porque todo el mundo sabe que Géminis es una constelación inquieta, incapaz de permanecer en un sitio más de tres o cuatro millones de años luz, y siempre metida en más de mil follones a la vez. Pero en uno de sus viajes a través de la misma esencia del universo, pasó por delante del cuadrante de su amiga Leo, y decidió hacerle una visita sorpresa. Ésta se encontraba en uno de esos momentos de retiro espiritual, vamos, que después de una etapa de prolífico trabajo, estaba tocándose un poco su estelar entrepierna. Porque Leo es así, creativa, ingeniosa, generosa, a raudales, pero siempre a rachas, y tenía que compensar todo el exceso de creatividad y trabajo con períodos de inactividad y ocio.
Y allí estaban en el salón de Leo, dos constelaciones absolutamente diferentes y que llevaban tiempo sin compartir nada. Así que decidieron que lo primero que iban a compartir era una buena fumada de polvo espacial, por aquello de recordar los viejos tiempos que habían vivido juntas: Las fiestas en los mejores panteones, los proyectos de construcción de nuevos cuadrantes, los ligues de juventud, los sueños, las risas. Es lo que tiene el polvo espacial, que te abre la mente, te da la risa y finalmente, te mata de hambre. Así que ambas constelaciones, muertas de la risa, se fueron a la cocina a preparar cualquier cosa que les matara el agujero de gusano que en aquel mismo instante les atravesaba. Y aprovecharon la cena para dejar atrás los recuerdos y ponerse al día de las vivencias que habían tenido ultimamente por separado. Géminis estaba en un nuevo y maravilloso proyecto con otras constelaciones que le había llevado hasta el cuadrante de Leo, y recientemente había descubierto la música de las estrellas. Leo, por su parte, también andaba liada con otros astros, construyendo un nuevo sector propio, y andaba dando rienda suelta a su creatividad más universal.
Por fin, después de la cena, decidieron dar el último paso, volver a planificar un futuro juntos, alguna que otra divertida idea, como en los viejos tiempos. Y es que la relación de Leo y Géminis podía parecer algo extraño, porque sus caracteres eran tan diferentes, Leo siempre en las nubes estelares, imaginando nuevos mundos, y Géminis siempre reflexionando, meditabunda, cuestionándose cada paso, pero así es la magia de los amigos, las constelaciones se recrean en su diferencia y no en su igualdad, y disfrutan de lo que su amiga le ofrece para complementarle.
y ya se despidieron, teniendo un nuevo compromiso juntas. Porque eso es lo que tiene la amistad, dejas que las constelaciones amigas vuelen libres por el universo, y cuando vuelven, no sólo compartes el pasado sino que construyes un nuevo futuro.

Etapas



En honor a la verdad, debo decir que la primera vez que maté a alguien fue accidentalmente. Tenía yo seis añitos y mis padres me habían castigado sin postre porque había dicho mi primer taco (creo recordar que fue “coño”), así que me cogí tal berrinche que me fui directo al balcón y lancé una maceta a la calle. Dijeron que había sido un accidente y nadie me culpó de nada. Pero, claro, a mí aquello me supuso un descoloque de agárrate y no te menees, porque a los seis años todavía eres muy influenciable y cualquier cosa que te pase, pues te marca de por vida. Y así estaba yo, que por decir coño me habían dejado sin postre y por matar a doña paquita, la portera, no me habían hecho nada. De forma que hoy en día soy una persona extremadamente educada, pero pelín asesino en serie.
Con los años descubrí que lo de matar tampoco estaba bien, pero está demostrado que lo que te ocurre en los seis primeros años de vida te marca mucho más que el resto de tu tiempo. En la adolescencia aprendí a esconder mi rastro; me sentía el rey del mundo y capaz de hacer lo que me diera la real gana. Me dediqué a cargarme a todo aquel que me incordiaba en el instituto (nadie sospechaba de aquel chico tan educado y un poco friki). Es normal, era una cuestión de hormonas. Cuando eres adolescente te lo tomas todo mucho más a pecho, y en mi caso, eso significaba sacarle las tripas al gordo cabrón de Garrido (que siempre me daba collejas cuando pasaba a mi lado y me robaba el bocata y la paga en el recreo) y tirar su seboso cuerpo atado a una piedra al río. Que sin piedra igual se hubiese ido al fondo, con lo que pesaba el desgraciado.
Luego, cuando llegó la veintena, las hormonas y todo lo demás se fueron controlando, así que ya no tenía necesidad de asesinar a cualquiera para demostrar mi poder. Muy por el contrario, fui un joven con inquietudes, con ganas de hacer del mundo un lugar mejor. Creo que por esa época fui el mejor voluntario que Greenpeace pudo tener jamás. Casi no hacía falta que nos subiéramos a las lanchas a perseguir balleneros.
Sin embargo, lo que pasa con los ideales es que con los años se van deformando, porque la intención es buena, pero ¿quién decide lo que está bien y lo que está mal? En la treintena seguía teniendo ganas de dejar el mundo en mejores condiciones que lo encontré, pero ya pensaba más localmente. Hoy en día no sé si el mundo está mejor sin el director de la sucursal de mi banco o sin mi jefe, pero debo reconocer que yo sí que estoy mejor.
Al final, los ideales van desapareciendo, te enamoras, creas una familia, niños a los que alimentar, colegio, comida, facturas… Y piensas que ya no sólo no quieres comerte el mundo, sino que lo único que esperas es que el mundo no te coma a ti. En la actualidad, me he vuelto empresario y sólo asesino por un módico precio. Soy mucho más práctico y sensato, tengo responsabilidades que no puedo eludir. A veces, me siento en el balcón tomando una cerveza mientras observo a mis vecinos pasar y no puedo evitar echar de menos los viejos tiempos. Pero entonces vuelvo la mirada hacia mi hogar y veo a mi pequeño Jorgito riendo y saltando, y sonrío pensando que estoy haciendo lo correcto, porque Jorgito ya ha aprendido que no debe decir tacos.

Ideales



La Justicia tenía un cabreo de mil pares de cojones. Estaba realmente harta de que todo el mundo la tomara por el pito del sereno y decidió poner los puntos sobre las íes, así que se fue a buscar quién pudiera darle alguna explicación razonable de porqué nadie parecía tenerla en cuenta. A la primera que se encontró fue a la Educación, que se hallaba haciendo el inventario de una biblioteca.
- No sé -respondió la otra ante su requerimiento-, yo enseño a todo el mundo desde que son muy pequeños que la Justicia es necesaria para la convivencia, que las personas son todas iguales, que deben tratar al prójimo con respeto etc, etc. Pero esta enseñanza parece perderse en algún momento de su vida adulta y, claro, esto ya no es de mi competencia…
Así que la Justicia se despidió (educadamente) y continuó su busqueda. Encontró al amor sentado en el banco de un parque, entretenido contando las hojas caídas.
- Ni idea -respondió ante la pregunta sin apenas levantar la vista del suelo-, yo les digo cómo deben amarse los unos a los otros, les muestro que el amor es infinito, que se puede querer a todo el mundo sin que por ello el corazón se perjudique, pero todos acaban prefiriendo en algún momento al Odio. Quizá sea él el culpable.
La Justicia se despidió con un cariñoso abrazo y fue en busca del Odio, pensando que quizá había encontrado la ansiada respuesta. Fue una sorpresa cuando se topó con el otro acompañado de la Ecuanimidad encima de una rotonda en medio de un atasco en hora punta.
- No creo ser el responsable de que nadie te tome en serio -contestó el Odio visiblemente molesto por las acusaciones-. En cualquier caso, la gente acude a mí después de haber conocido el Amor, son ellos los que me buscan. Es posible que el Amor no esté haciendo bien su trabajo.
- Eso, sin tener en cuenta que lo que para unos es justo, para otros no - completó La Ecuanimidad-. Los esquimales dejan morir a sus mayores cuando éstos dejan de ser útiles para la tribu, esto puede parecer una crueldad a ojos de la civilización occidental, pero para ellos la crueldad es dejar que los niños no puedan crecer sanos por gastar el escaso alimento en los viejos que no producen. Un empresario piensa que su empleado siempre intenta escaquearse del trabajo, y el empleado piensa que su jefe sólo quiere explotarle… Así que, como ves, no es fácil hallar un motivo concreto en este caso.
Desanimada después de la conversación, la Justicia fue a casa de la Libertad con intención de tomarse un café y tener una charla algo más animada.
- El problema en sí mismo es la ambigüedad -decía la Libertad mientras soplaba sobre su taza de café caliente-. ¿Cuál es la barrera que separa la Libertad del Libertinaje?
- Yo, en cambio, creo que es una cuestión de actitud -replicó la Valentía, que también había sido invitada a la sobremesa-, hay que ser muy valiente para hacer lo que uno cree correcto, mientras que cerrar los ojos y mirar hacia el otro lado siempre es mucho más fácil.
La Justicia se dirigió hacia su casa abatida, triste, perdida. Nadie había sido capaz de responder a su pregunta, ni mucho menos de darle una solución a su problema. Se sentía inútil, mayor, insulsa, fea y terriblemente absurda. Y pasando por delante de las urgencias de un hospital se encontró con la Esperanza.
- No hay solución posible a lo que me cuentas -le dijo después de escucharla atentamente-. La gente debe tener libre albedrío para elegir, y tú no puedes hacer nada al respecto. Pero nunca te sientas inútil, porque si tú no existieras, aunque sea sólo en el mundo ideal, nadie sabría que existe un camino mejor, que otro mundo es posible, que las cosas que están mal se deben corregir. Y en ese mismo instante, la esperanza moriría.

Success



La semana pasada me encontré a todo el barrio revolucionado. Resulta que el chino de debajo de mi casa se había traído la última chorrada directa de Taiwan: un medidor de éxito. Sí, era un aparatejo que exponía físicamente lo provechosa (o no) que ha sido tu vida hasta el momento. Y claro, siendo de los chinos, aquello venía a un precio irrisorio, por lo que todo el mundo andaba como loco probando el aparato de marras en medio de la plaza. Era una especie de tubo fluorescente que se apoyaba en tres patas mecánicas. Pero lo gracioso de la cosa es que el tubo crecía en función del éxito alcanzado, con lo que las comparaciones eran inevitables. La gente introducía los datos de su curriculum en el chisme y aquello crecía más o menos. Y para qué quieres más, los vecinos entraron en una competencia absurda para ver quién tenía la columna del fluorescente más larga.
Yo no tenía intención de comprar el aparato, pero debo admitir que de vez en cuando (muchas más veces de las que me atrevería a admitir) soy tan banal como el que más, así que finalmente caí en las garras del económico imperio oriental y pillé uno. Me fui a la plaza con los demás y lo saqué de la caja. Venía desarmado y con unas instrucciones (en veinte idiomas, todos menos el castellano, que menos mal que uno se defiende en la lengua anglosajona). Se trataba de ir introduciendo datos a través del teclado de la base, y en función de lo que metías, la columna iba creciendo. Puse todos los trabajos que había ejecutado en mi vida (monitor de tiempo libre, intérprete de sordos, profesor de mates, inglés, física, actor, cantante, camarero…) y cuando terminé la columna no levantaba un palmo del suelo y apenas tenía colores fluorescentes. Me sentí frustrado, mayor, inútil, yo qué sé, no entendía la desazón que me embargaba, porque yo realmente creía ser feliz con la vida que llevaba, pero, claro, si me comparaba con el resto… a mi edad no tenía ni un mísero piso, nada que dejar a mis herederos (ya, ya, lo sé, pero es lo que siempre se piensa). Así que anduve un buen rato mirando aquella chatarra taiwanesa tirado en el suelo, hasta que, de repente, descubrí un pequeño botón casi invisible. Aquel botón me dejaba elegir entre medir el éxito según el criterio de los demás (lo que venía por defecto) o según el mio propio Lo pulsé, cambiando el criterio e introduje los datos que realmente me importaban: los amigos que responden a los momentos bajos (que están ahí igual que yo para ellos), los papeles más maravillosos que he podido hacer como actor (algunos de los cuales he hecho completamente gratis), los textos que salen de mi cabeza de manera espontánea (a veces, cuando vuelvo de alguna borrachera, ejem), la mirada que aún encuentro en el espejo después de todos estos años, los abrazos, las risas, el amor, cada uno de los sueños… Entonces, la columna fluorescente comenzó a crecer y crecer poderosamente, dejando a todos mis vecinos atónitos (más que nada porque no podían creer que un mindundi como yo pudiera tener tanto éxito) y yo comprendí que el éxito sólo puede ser medido por uno mismo, y no por nadie más.

Benito y el amor fraternal



El día que Julián compró a Benito fue uno de los más felices de su vida. Llevaba esperando en aquella estantería más de un mes viendo como familias completas se llevaban los demás peluches una y otra vez. Sabía que aquello se debía al ojo que le faltaba. Se le había desprendido en un pequeño accidente en el traslado desde la fábrica de juguetes, así que los dueños de la tienda lo habían colocado en la estantería con un cartel que indicaba que su precio era mucho menor que el de los otros ositos, pero a pesar de ello, nadie parecía fijarse en él salvo para señalar aquel defecto. Sin embargo, ese fue precisamente el motivo por el que Julián compró a Benito, porque era diferente a todos los demás. Y le llamó el osito Benito porque sonaba muy parecido a bonito. Definitivamente, aquel fue uno de los días más felices de la vida de Benito.
De camino a su nueva casa, el osito fantaseaba con la idea de para quién iba a ser un regalo. Siempre pensó que lo más bonito de ser un juguete era ser el regalo de alguien a otra persona, de ser algo especial, pensado para hacer feliz, y Julián parecía muy nervioso, así que debía de ser alguien muy importante. Benito se imaginaba a sí mismo rodeado por la familia de Julián, su mujer, sus hijos, y él sería, probablemente, el peluche del pequeño de la casa. Dormirían abrazados cada noche, soñando entre los dos con nubes de algodón y caramelos de fresa.
- ¡Ya estoy en casa! -gritó Julián mientras atravesaba el portal con el osito en el brazo.
Al llegar al salón, Benito se llevó una sorpresa enorme. Allí no había ningún niño, ni tampoco estaba la mujer de Julián. Sólo había un señor grandote con barba.
- ¿Lo has comprado? -preguntó el otro.
- Aquí está.
Y al terminar la frase ambos hombres se dieron un largo y apasionado beso.
Benito estaba en estado de shock. ¿Los hombres se besan? Nunca había visto nada igual, y aquello no le parecía normal. Durante su estancia en la tienda vio infinidad de parejas y familias y siempre eran un hombre y una mujer los que iban juntos y se besaban. Benito no pudo evitar sentir una terrible decepción, no había familia, no había niños, sólo dos hombres muy raros que se besaban. Sus ilusiones empezaron a morirse una detrás de otra. Adiós a los sueños de nubes y caramelos.
- Le falta un ojo -dijo el barbudo mientras le observaba atentamente.
- Es diferente, como nosotros -replicó Julián justificando su compra, pero nervioso- ¿Crees que le gustará?
El barbudo exhibió una enorme y franca sonrisa.
- No te preocupes, cariño, le va a encantar.
En ese momento sonó el timbre de la puerta, pero Benito, ensimismado y triste, apenas fue consciente de ello. Los dos hombres se miraron excitados, nerviosos y volvieron a besarse. ¡Qué pesaditos con tanto beso!
El barbudo fue a abrir y Julián empezó a peinar a Benito de arriba a abajo. El osito hubiese deseado en aquel momento saber hablar, para gritarle que le dejara en paz. Finalmente, el otro entró de nuevo en el salón, seguido de una mujer y un niño de unos cinco años. El niño era moreno, pecoso y le faltaban las paletas, pero tenía los ojos grandes, brillantes y sonreía feliz. La mujer le pasó una maleta al barbudo y se agachó junto al niño.
- Te dejo con tus nuevos papás, Nicolás. Ya verás qué bien que lo vas a pasar.
Julián se acercó al niño y le mostró el osito de peluche.
- Se llama Benito, ¿te gusta? -preguntó inseguro.
Al ver al juguete, Nicolás abrió mucho los ojos, lo agarró y lo abrazó fuertemente. Entonces, Benito lo entendió todo. Se había equivocado, Julián sí que tenía una familia, la mejor familia del mundo. Y Benito y Nico soñaron con nubes de algodón y caramelos de fresa muchas y muchas noches.

Reflejos



Al principio, Juanjo se quedó maravillado cuando su reflejo se escapó del espejo para quedarse a su lado. De pequeño siempre había fantaseado con la idea de tener un hermano gemelo, pero esto era mucho más, es decir, no era un hermano gemelo; su reflejo era él mismo. Lo hacían todo juntos: se levantaban temprano y bajaban al bar de la esquina a desayunar un café con leche y un croissant; se iban a la oficina en su coche (siempre conducía Juanjo, porque el reflejo, al estar al revés casi los estrella una vez); gastaban bromas a sus compañeros de la oficina; preparaban juntos los estados de cuentas y resolvían las cuentas entre los dos. A media tarde salían de la oficina para tomar unas cañas con los amiguetes, y así en general, lo compartían todo. Y es que tenían los mismos gustos en todo, era natural, al fin y al cabo, como decía, el reflejo era en realidad él mismo.
Pero un día ocurrió lo impensable: el reflejo se enamoró de otra chica. Ocurrió así, de repente. Habían quedado con Ana para ir al cine y el reflejo contestó que no quería, que tenía una cita con una tal Gara. Juanjo ni siquiera recordaba haber conocida a aquella chica (y tenía que haberla conocido, puesto que su reflejo y él nunca se habían separado hasta ese mismo momento).
Juanjo se sentía traicionado, no podía entender cómo había sucedido. Ana era el gran amor de su vida, y el reflejo le estaba dejando mal con ella. Empezaron a distanciarse paulatinamente, y cada uno iba con su respectiva chica a solas por ahí. Él veía la cara de reproche de Ana, aquella cara le decía continuamente: “¿cómo has podido?”.
Finalmente, no pudo soportarlo más y decidió devolver el reflejo al espejo. El otro no puso ninguna resistencia, se dejó llevar, quizá incluso aliviado de dejar atrás aquella situación que los dividía en dos.
Los primeros días fueron tranquilos, incluso Ana parecía más feliz. Todo marchaba estupendamente, hasta el día que Juanjo se encontró con Gara en un centro comercial. Sin saber porqué, le dio un vuelco el corazón. La chica le confesó que echaba de menos al reflejo y él admitió lo mismo. Pasaron la tarde juntos, recordando las cosas que el reflejo les había hecho vivir.
Juanjo llegó a casa confuso, aturdido, sin saber qué era lo que le pasaba por la mente, y mucho menos por el corazón. Arrastrando los pies, llegó al gran espejo del salón. Su reflejo le miró profundamente antes de hablar.
- La amamos -terminó diciendo-. Amamos el brillo de sus ojos, su forma de andar, su risa contagiosa, su pasión al hablar. La amamos.
- Pero yo amo a Ana -replicó Juanjo-. Amo su boca generosa, sus cálidas manos, su capacidad infinita de perdonar, su calor al abrazarme.
- Claro que también amamos a Ana.
- No se puede amar a dos personas a la vez -seguía discutiendo Juanjo-.
- El amor no ocupa espacio, no tiene volumen, por eso es inagotable, puedes amar a tu madre, a tu hermano, a tus amigos y puedes amar a Ana y a Gara. Las personas no mandan sobre sus sentimientos, por eso tú me sacaste del espejo, para poder vivir tus dos amores y no sentirte culpable.
- ¿Y cómo puedo remediarlo?
- No puedes, ya te he dicho que los sentimientos no se dominan. Lo único que puedes hacer es aceptarlos, y cuando lo haces, decidir qué es lo que quieres y ser consecuente con ello. Pero si no tomas ninguna decisión, te romperás por dentro y acabarás por perderlo todo.

El coleccionista de piedras



Andrés bajaba todas las tardes a la playa para recolectar sus piedras. Le gustaba llegar sobre las seis y media o siete, porque la luz del atardecer resaltaba los brillos de las más pulidas, y eso le ayudaba a decidir con cuáles se quedaba. Solía coger sólo una o dos, a lo sumo tres, por día. Al principio, cuando empezó a coleccionarlas, llegaba a casa con una bolsa llena de ellas, pero poco a poco se hizo más selectivo (aparte de la cuestión del espacio que ocupaban). Aún así, su maravillosa colección de piedras de mar llegaba casi a las mil quinientas piezas. Ahí es nada.
Cada día esperaba ansioso a terminar su jornada en el taller ocupacional para poder dedicarse a su único pasatiempo. Primero pasaba por casa, ya que su madre le obligaba a cambiarse de ropa y de calzado antes de bajar a la playa, porque siempre acababa hecho unos zorros de tanto arrastrarse por entre los callaos rebuscando. Además, ella también le tenía preparada la merienda en una fiambrera de esas, como las que usaban en los episodios de “La pandilla” que le había regalado en su cumpleaños. Una vez cambiado y con la mochila a cuestas, bajaba felizmente por el camino en dirección a la playa.
La gente del pueblo se burlaba de él. Le llamaban “el tarado de las piedras”. Andrés les contestaba que no era ningún tarado, que lo que tenía era un retraso mental moderado y que eso no le impedía hacer una vida totalmente normal (esto se lo enseñaron en el taller ocupacional), pero entonces todos se reían aún más fuerte. Él terminaba por no hacerles caso y seguía con lo suyo.
Una tarde se encontró con la maestra de la escuela en la orilla. Ella no era del pueblo, y sólo llevaba dos meses allí. Andrés siguió a lo suyo, con la esperanza de que le ignorara y no se metiera con él como hacían todos. Sin embargo, la chica se le acercó.
- Así que tú eres el famoso coleccionista de piedras. He oído hablar de ti.
Andrés no dijo nada, temeroso de que la otra empezara de un momento a otro a reírse de él.
- Es un hobbie muy bonito, ¿sabes? -continuó ella-.
- ¿Por qué estás aquí? -se atrevió a preguntar Andrés- Nadie viene a la playa a estas horas.
- Bueno, de donde yo vengo no hay playa. Es una pena que la gente no sepa apreciar estos atardeceres -respondió ella con una luminosa sonrisa-. Son muy bonitas tus piedras.
- Todos se ríen de mí.
- ¿Por qué?
- Porque no soy tan inteligente como ellos.
La maestra le dedicó a Andrés otra amplia sonrisa antes de contestar.
- Las personas que se ríen de los que son diferentes en el fondo lo hacen porque se odian a si mismos. No soportan sus vidas y les resulta más fácil soltar la agresividad de su frustración con los más débiles -explicó ella-. Y te diré otra cosa: si son más inteligentes que tú, ¿cómo es que no son capaces de admirar la belleza de una piedra pulida por las caricias del mar?
A partir de aquel día Andrés ganó una nueva amiga, Y cuando la gente del pueblo le insultaba al verle de camino a la playa, él simplemente sonreía y les ignoraba, porque ya se sabía más inteligente que ellos.

The night of the living sandwicher



En honor a la verdad, debo decir que no fui consciente de que mi sandwichera estaba viva hasta la noche en que se dirigió a mí. Al parecer llevaba días haciéndose notar, carraspeando cuando yo pasaba, tosiendo al verme ir a por algo a la nevera y hasta silbando, cuando me oía trasteando por el pasillo. Pero es que yo la sandwichera la uso más bien poco, así que no me coscaba en absoluto de sus intentos de llamar la atención. Finalmente, un día me dio por hacerme un sandwich mixto para cenar y, cuando ya tenía todos los elementos sobre la mesa, la abrí y me encontré que la pobre sandwichera estaba en un estado más que lamentable.
- ¿Te parecerá bonito, no? -exclamó de repente.
Me di un susto de muerte. Grité y salí corriendo al pasillo.
- Genial, -siguió hablando ella- ahora lárgate y déjame echa una piltrafa.
- ¿Puedes hablar? -pregunté mientras me asomaba tímidamente por la puerta de la cocina.
- ¿Te extraña? -replicó ella- lo raro es que no pueda andar, con la cantidad de residuos orgánicos que tengo pegados por todas partes.
- Sí -admití yo, todavía algo extrañado de la situación-. Es que el queso fundido es un asco, y se pega un montón. Además, el jamón cuando se quema…
- Déjate de rollos -me cortó ella de manera tajante-, ya sé que le pasa al queso cuando se quema, es mi trabajo. Lo que no sé es cómo hace un humano para limpiarme, porque eso todavía no lo he visto.
Ni qué decir que los colores se me subieron de golpe con aquel comentario.
- Yo… eh -intenté explicar totalmente avergonzado-, es que cuando el teflón se gasta, ya sabes, todo se pega y, bueno, da un poco de pereza limpiar…
- Ajá -volvió a cortarme ella-, ¿y qué pretendes hacer cuando el volumen de residuos te impida cerrarme correctamente?
- Pues, no sé, ¿tirarte a la basura?
- ¿Vas a tirarme aunque siga funcionando sólo por no limpiarme? ¿Acaso no te importa nada el valor que yo tenga?
- La verdad es que me saliste gratis -aclaré yo-. Te regalan con el dominical del periódico.
- O sea, que las cosas sólo tienen el valor que les da el dinero… Entonces, tampoco tiene valor la fiesta sorpresa que te hicieron tus amigos por tu cumpleaños, ni los abrazos, los besos, las caricias, las palabras amables… Si no cuidas y valoras las pequeñas cosas, al final sólo te quedarás con lo que te dé el dinero, y ningún dinero en el mundo puede comprar el amor. Si me tiras a la basura siendo aún útil, estarás faltando el respeto al resto de las personas, a la gente a la que quieres.
No dije nada, no tenía palabras. Simplemente recogí la sandwichera y me dispuse a lavarla en el fregadero. Ella no volvió a hablar nunca más, no le hacía falta. Nuestro entendimiento iba más allá de las meras palabras.

Blacky o la vida efímera



Recuerdo la primera vez que llevé a Blacky al veterinario. Tenía dos meses y la llevamos a ponerle el chip de registro (la pobre no se quejó nada cuando le pincharon con aquel pedazo de aguja que daban mareos sólo de verla). Era el cachorro de cocker más bonito del mundo mundial, con sus perfectos rizos negros, largas orejas que arrastraba con gracia casual y unos enormes ojos melancólicos de los que sabía sacar todo el partido para conseguir lo que quería. El cachorro de cocker más bonito del mundo mundial.
Sólo ha pasado poco más de una década desde aquella primera visita al veterinario, pero Blacky ya es una adorable y dormilona viejita. Lo que para mí ha sido casi un suspiro, para ella ha sido toda una vida. Yo casi no he cambiado (alguna canilla, algún kilillo, ejem), pero mi perrita es ya apenas la sombra de lo que era. En doce años y medio sus rizos de obsidiana se han emblanquecido y sus ojos han perdido todo el brillo de antaño. Ahora ya no quiere salir a jugar a perseguir piedras, ya no corre ni salta, prácticamente sorda y ciega te intuye más por el olfato que por cualquier otro sentido. En un abrir y cerrar de ojos ha pasado de ser mi hija a ser mi abuela.
Y yo la observo, ajada, marchita, con su hilito de energía y recuerdo estos doce años. En el tiempo en el que Blacky ha vivido una vida completa, yo me he mudado a dos mil kilómetros de mi ciudad natal, me he enamorado y desenamorado, he sufrido y reído, he planificado y proyectado mis sueños, me he frustrado al no llegar a mis metas y las he visto llegar poco a poco y una a una. Al final comprendo que doce años dan para mucho, pero sigue siendo una pequeña etapa de lo que (se supone) va a ser mi ciclo de vida. Y para mi perrita, es toda una vida. Ella ni siquiera es consciente de su propia existencia, y me consta que ha sido una existencia feliz, pero corta, tan corta.
Me despido de ella de nuevo, con lágrimas interiores, porque no sé si volveré a tiempo de verla otra vez. Ahora cada vez que la veo, me despido siempre por última vez. Y me recuerdo a mí mismo que debo aprovechar cada segundo de mi efímera vida.